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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 11,28-30

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Son pocos versículos, pero están llenos de aquella compasión que ya vimos al inicio de la misión pública de Jesús. Como si quisiera sintetizar toda su acción salvadora, llama consigo a los que están fatigados y sobrecargados por la vida: podríamos decir que incluye desde el publicano al que llamó para que le siguiera hasta el pequeño grupo de hombres y mujeres que lo eligieron como Maestro; desde las muchedumbres vejadas y abatidas que finalmente encuentran un pastor hasta los que no tienen quien se ocupe de ellos; desde quien vive oprimido por la violencia de los ricos hasta los que sufren la violencia de la guerra, del hambre y de la injusticia. Para todas esas personas resuenan, llenas de ternura y de sensibilidad, estas palabras del Señor: "Venid a mí, y yo os daré descanso". Y nosotros tenemos que ser la voz de Jesús, su Iglesia debe gritar a las muchedumbres del mundo la invitación de Jesús a cobijarse bajo su manto. ¿Es así? O mejor dicho, ¿intento yo decir, con toda humildad y delicadeza, aquellas mismas palabras a la gente que encuentro? Aquella invitación de Jesús que también nosotros hemos recibido a través de alguien, ¿la repetimos a su vez nosotros para otros que la esperan? Los hombres, a menudo alejan a quien está cansado y oprimido, dejan solos a los demás, tienen miedo de involucrarse, piensan rápidamente en sus dificultades y se sienten víctimas. Con esta invitación Jesús sanciona una especie de derecho al reposo del cansancio, a recibir atención, apoyo, ayuda. Nosotros debemos ser, con nuestro amor, aquel alivio para muchos que viven oprimidos por el sufrimiento, por condiciones de vida injustas, insoportables. Y el reposo no es otro que Jesús mismo: recostarse sobre su pecho y alimentarse de su Palabra. Jesús, y solo él, puede añadir: "Tomad sobre vosotros mi yugo". No habla del "yugo de la ley", el duro yugo que imponen los fariseos. El yugo del que habla Jesús es el Evangelio, exigente y suave al mismo tiempo, como él. El verdadero yugo es unirse a Él. No somos libres cuando estamos desvinculados de todos porque así terminamos siendo presos del yugo más pesado, el de nuestro yo. Solo somos libres si nos unimos a aquel que nos saca de los angostos límites de nuestro yo. Por eso añade: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón". Son las dos características que Jesús indica a todos, camino de bienaventuranza, es decir, de felicidad, que podemos dar y recibir. El manso y el humilde hacen la vida más fácil a quien tienen cerca, al contrario del arrogante, del irascible, del soberbio, del agresivo, que vive mal y hace el mal. Aprended de mí, es decir, haceos discípulos míos. Lo necesitamos nosotros y sobre todo lo necesitan las grandes muchedumbres de este mundo, que esperan escuchar una vez más la invitación de Jesús: "Venid y encontraréis reposo".


17/07/2014
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