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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 13,54-58

Viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?» Y se escandalizaban a causa de él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio.» Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús vuelve a Nazaret, a su "patria", entre los "suyos". Es fácil reducir el Señor a nuestra sabiduría triste. Lo hacemos con todos. Creemos que conocemos en seguida a alguien solo porque sabemos de dónde viene, por un recuerdo, por una actitud, por cómo habla, porque hemos estado con él. Confiamos en nuestras impresiones, que consideramos infalibles y verdaderas precisamente porque son nuestras. Los habitantes de Nazaret conocían bien a Jesús: lo habían visto crecer, habían jugado con él, habían estado con él en la sinagoga. Ahora vuelve a estar entre ellos. No se presenta como otro hombre, no asume otras apariencias. Continúa siendo el mismo, pero con una sabiduría que los suyos no logran entender y que les escandaliza. La reacción de los habitantes de Nazaret –reacción del miedo, de la costumbre, del conformismo, de la superficialidad– es profundamente triste: cada cual es lo que es, nadie puede cambiar de verdad; si siempre somos iguales, ¡es inútil soñar! Pueden cambiar algunos rasgos, las apariencias, pero al final ¡uno es siempre igual! La consecuencia es que nunca se puede hacer nada, no vale la pena. Es la sabiduría resignada y realista de este mundo: la gente cree saberlo todo, pero no conoce el amor, el corazón, la vida. Como nosotros: estamos informados de todo lo que pasa en el mundo; tenemos noticias en directo, pero no entendemos con el corazón, sabemos amar poco y al final todo es igual a lo poco que ya conocemos; lo sabemos todo de la vida, multiplicamos las interpretaciones, pero no la entendemos con amor. A Jesús lo conocen los que se convierten en los suyos, no los que piensan que lo son por naturaleza, por herencia, por mérito, porque han estado cerca de él. Los verdaderos familiares de Jesús son los pobres, los pecadores, aquellos que confían en él, que necesitan ser amados, que no siguen la malicia, que no hacen de la desconfianza la verdad, que no se creen justos. Los pequeños –y todos estamos llamados a volvernos pequeños– comprenden quién es Jesús. Y aun así, ¡cuántas veces lo tratamos con presunción y suficiencia, como los habitantes de Nazaret! ¡Es nuestro corazón, el que es siempre igual, no Jesús! ¡Al Señor no se le conoce de una vez por todas! Si lo escuchamos con el corazón revelará, en las distintas épocas de nuestra vida, el misterio siempre nuevo de su amor. Oración de la santa cruz


01/08/2014
Memoria de Jesús crucificado


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