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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Agustín (354-430), obispo de Hipona (hoy en Argelia) y doctor de la Iglesia.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 24,42-51

«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre. «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si el mal siervo aquel se dice en su corazón: "Mi señor tarda", y se pone a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La lectura del Evangelio de Mateo, que nos ha acompañado en este tiempo, termina el próximo sábado. Los pasajes evangélicos de los próximos tres días nos traen el discurso de Jesús sobre los últimos días. Nosotros –nos advierte Jesús– no sabemos ni el día ni la hora de esos acontecimientos. Por eso se nos pide que velemos. Es como una misión que el Señor confía a todos los creyentes. Jesús, para explicarlo, utiliza la parábola de la vigilancia, y dice que cada discípulo recibe una misión que debe llevar a cabo. Pero no la recibimos para servirnos a nosotros mismos o para realizarnos a nosotros mismos, sino más bien para el crecimiento de la comunidad. Haremos bien en recordar que el Señor no nos salva individualmente sino reuniéndonos en una familia, en un pueblo. También la parábola que se nos ha anunciado debe entenderse en ese sentido. Por eso Jesús habla de la tarea de vigilar a los siervos para darles la comida. La vigilancia evangélica no es simplemente una espera vacía, ni un empeño en agitarse para ocuparse solo de uno mismo. La vigilancia de la que habla Jesús es la fidelidad atenta y laboriosa a la vocación que el Señor nos ha confiado consistente en guardar toda la casa, evitando la actitud tanto de aquel que actúa en calidad de señor como la de aquel que se acomoda en la pereza y en la irresponsabilidad. Cada creyente, independientemente del trabajo que lleva a cabo en la casa, es responsable de los demás miembros de la casa. Y esa es la verdadera felicidad del discípulo, su verdadera realización, como dice Jesús: "Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así". Por desgracia, fácilmente prevalece en nosotros el egocentrismo que lleva a ajetrearnos por nosotros mismos y nuestras cosas, distrayéndonos de la vocación que el Señor nos ha confiado. Esta enseñanza evangélica nos previene de aquel individualismo religioso que se ha infiltrado en la mentalidad de muchos creyentes y que rebaja la sustancia del Evangelio y debilita la comunidad. Y un cristianismo individualista favorece los enfrentamientos y las incomprensiones, los abusos y las envidias, condenándonos así nosotros mismos a la tristeza y a la insatisfacción de las que habla el Evangelio. Dichosos nosotros si nuestro corazón vela por el amor, para que todos seamos acogidos, protegidos y defendidos.


28/08/2014
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