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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de Pino Puglisi, párroco de Brancaccio (Palermo), mártir asesinado por la mafia.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 12,35-38

«Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús contrapone el rico necio al que sorprende la muerte con el discípulo que espera a su Señor. La vigilancia es una de las dimensiones espirituales fundamentales de la vida cristiana. A aquel que está replegado siempre sobre sí mismo y se duerme entre sus cosas, se le pide que levante la mirada y que permanezca esperando el retorno del Señor. Dice Jesús: "Tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas". Tener ceñida la cintura significa estar preparado para la acción inmediata. Así fue la noche de la huida de Egipto. Los israelitas debían tener ceñida la cintura, es decir, debían estar listos para partir de inmediato (Ex 12,11). La lámpara encendida tenía el mismo significado: estar listo para acudir incluso por la noche. Esperar al Señor es la bienaventuranza del creyente. A aquel que está replegado sobre sí mismo, a aquel que se priva de esperar, esta página evangélica le recuerda la vigilancia y le devuelve la bienaventuranza de la esperanza, de poderse encontrar con el Señor que viene. Jesús, efectivamente, con la parábola del esposo que llega, subraya una espera que no es vacía, sino llena: "Sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran". En realidad, el Señor está cada día a la puerta de nuestro corazón y llama, como escribe el Apocalipsis. Y dichoso del que abra, porque tendrá una increíble recompensa: el Señor se convertirá en su siervo; se ceñirá la cintura, lo invitará a sentarse y pasará él mismo a servirle. Es como si se hubieran invertido los papeles. Parece algo increíble, pero esa es precisamente la paradoja de la gracia que hemos recibido. Jesús mismo se presenta como el que sirve. Y no solo se presenta, sino que actúa como un siervo. Durante la última cena se comportó literalmente como un siervo: tras tomar un lebrillo se ciñó con una toalla y se inclinó para lavar los pies de los discípulos, uno por uno. Esta imagen forma parte integrante del mensaje evangélico, del anuncio de un Dios que nos ama tanto que se inclina hasta nuestros pies. Es lo mismo que pasa cada vez que acogemos al Señor en la oración, o bien en el servicio a los más pobres, y sobre todo en la santa Liturgia en la que él prepara un banquete para alimentarnos con su palabra y su carne. La dicha de esperar al Señor no radica en la acogida que le podemos dispensar nosotros a Él, sino en el beneficio que obtenemos cuando lo acogemos en nuestro corazón. El Señor viene a servirnos, a ayudarnos, a liberarnos, para llevarnos con Él hasta el cielo.


21/10/2014
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