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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Isaías 40,25-31

¿Con quién me asemejaréis
y seré igualado?, dice el Santo. Alzad a lo alto los ojos y ved:
¿quién ha hecho esto?
El que hace salir por orden al ejército celeste,
y a cada estrella por su nombre llama.
Gracias a su esfuerzo y al vigor de su energía,
no falta ni una. ¿Por qué dices, Jacob,
y hablas, Israel:
"Oculto está mi camino para Yahveh,
y a Dios se le pasa mi derecho?" ¿Es que no lo sabes?
¿Es que no lo has oído?
Que Dios desde siempre es Yahveh,
creador de los confines de la tierra,
que no se cansa ni se fatiga,
y cuya inteligencia es inescrutable. Que al cansado da vigor,
y al que no tiene fuerzas la energía le acrecienta. Los jóvenes se cansan, se fatigan,
los valientes tropiezan y vacilan, mientras que a los que esperan en Yahveh
él les renovará el vigor,
subirán con alas como de águilas,
correrán sin fatigarse
y andarán sin cansarse.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Muchas veces en la vida perdemos la verdad de nosotros mismos: el orgullo ciega y no deja ver la situación de debilidad en la que todos vivimos. Pero no cesamos, tanto individuos como naciones, de dejarnos guiar por el orgullo. Escribe el profeta a propósito de las naciones: “Las naciones son como gota de un cazo, como escrúpulo de balanza son estimadas”. Si esto ocurre con las naciones, ¿cuánto más nosotros? La palabra profética nos invita a meditar la grandeza y la fuerza del Señor, a elevar los ojos de nosotros mismos para mirar las obras del amor de Dios que se manifiestan en la vida de cada uno y en el mundo entero. Esta mirada nos libera de la carrera hacia los ídolos que pensamos pueden darnos seguridad y consuelo. Y no debemos olvidar que el primer “ídolo” que todos estamos tentados de venerar es nuestro “yo”. Hoy hay como un empuje a ponernos en el centro hasta casi desarrollar un culto de nosotros mismos. Hay quien habla de una “egolatría”: el culto del yo y de nuestra afirmación sobre cuyo altar se sacrifica todo. El profeta, con un séquito apremiante de preguntas, despierta por el contrario el sentido de Dios y de su grandeza. Solo el Señor es grande y solo Él gobierna el mundo: “Él está sentado sobre el orbe terrestre... Él aniquila a los tiranos, y a los árbitros de la tierra los reduce a la nada. Apenas han sido plantados, apenas sembrados, apenas arraiga en tierra su esqueje, cuando sopla sobre ellos y se secan, y una ráfaga como tamo se los lleva”. Quien se confía en el Señor, por el contrario, recibe ayuda y consuelo, vigor y fuerza. Todos, jóvenes y grandes, estamos exhortados a tener confianza solo en Dios: “los que esperan en el Señor él les renovará el vigor, subirán con alas como de águilas, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse”. Él, el creador, es nuestro apoyo y nuestra ayuda. En el cansancio de la vida no desesperemos, confiémonos al Señor y adquiriremos la fuerza para caminar rápidamente hacia su presencia.


10/12/2014
Memoria de los santos y de los profetas


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