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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Génesis 2,18-25

Dijo luego Yahveh Dios: "No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada." Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una ayuda adecuada. Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: "Esta vez sí que es hueso de mis huesos
y carne de mi carne.
Esta será llamada mujer,
porque del varón ha sido tomada." Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne. Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Dios no debe amar la soledad, hasta el punto que se preocupa de hacer al hombre “una ayuda adecuada”. En efecto, “No es bueno que el hombre esté solo”. Esta afirmación de Dios puesta al comienzo de la vida humana encierra un gran secreto de sabiduría y de vida, que no se refiere solo al hombre, a la mujer y a su unión, sino a la humanidad entera. Nadie está hecho para la soledad, para vivir solo. La soledad es siempre amarga, no hace bien a nadie. Podríamos decir que ni siquiera Dios ama la soledad, ya que de hecho son tres Personas. Este misterio está en el corazón de la fe cristiana: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. La comunión de vida entre las tres Personas divinas es el corazón del misterio de su vida íntima, si así lo podemos balbucear, y la razón de su vida de amor por los hombres. Dios, en definitiva, es una Familia plena que no permanece encerrada en sí misma, sino que apenas descubre al hombre necesitado de ayuda se abre: el Padre envía al Hijo y después dona el Espíritu Santo a los hombres. La comunión está en el origen y en el final de todo. Por ello no está bien que esté solo: el hombre –señala el autor bíblico- pasa revista a todos los animales, a los que pone nombre, pero no encuentra entre ellos ninguno que pueda llenar su vacío de amor, que “le corresponda”. El modo en el que la narración presenta la creación de la mujer quiere manifestar la unidad y la complementariedad original entre hombre y mujer, subrayada mucho mejor por las palabras del hombre: “Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Estas palabras indican la pertenencia a una única realidad, ya sea familia o pueblo. Las pronuncian de forma similar, por ejemplo, los habitantes del reino del norte cuando acuden a David en Hebrón pidiéndole que sea también su rey: “Mira: hueso tuyo y carne tuya somos nosotros” (2 S 5, 1). Se indica una pertenencia recíproca, una comunión, una alianza que implica un compromiso. El pasaje, de forma justa, sitúa aquí el origen de la familia, la primera respuesta a la soledad y al individualismo, la primera célula de la sociedad, de la que depende todo: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne”. Más allá del lenguaje narrativo de la Biblia, el mensaje de este texto indica que la familia implica una profunda y originaria unidad del hombre y la mujer, que los hombres no pueden anular.


12/02/2015
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