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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 3,1-8

Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él.» Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo:
el que no nazca de lo alto
no puede ver el Reino de Dios.» Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?» Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu
no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne;
lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho:
Tenéis que nacer de lo alto. El viento sopla donde quiere,
y oyes su voz,
pero no sabes de dónde viene ni a dónde va.
Así es todo el que nace del Espíritu.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En este tiempo de Pascua, la Liturgia nos abre las páginas del capítulo tercero del Evangelio de Juan y nos presenta a Nicodemo, miembro ilustre del sanedrín, hombre devoto y sin prejuicios. En los capítulos precedentes del evangelio según Juan, el evangelista ha introducido el tema de la fe con las primeras llamadas de los discípulos y los “signos” de Jesús que comenzaban a desvelar su misterio. Ahora presenta a Nicodemo, el primero de una nueva generación, nacida no de la ley de la carne, sino de la potencia del Espíritu. El evangelista nos le presenta en el primer encuentro con el joven maestro de Nazaret. Nicodemo había madurado en su corazón una notable estima por Jesús, pero tenía miedo de manifestarla públicamente, y decide por tanto encontrarse de noche con él. Para el evangelista, el encuentro nocturno indica algo más que la simple observación del miedo de dejarse ver. Verdaderamente es la descripción del camino de un hombre que quiere creer y que por tanto está pasando de la noche de la incredulidad hacia la luz que es Jesús. Está todavía en la oscuridad, pero su “caminar hacia Jesús” expresa el deseo de escuchar una palabra para su vida. El evangelista no dice nada sobre lo que Nicodemo quería preguntar a Jesús. De todos modos, profesaba un respeto religioso hacia este joven maestro: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas si Dios no está con él”. Está sorprendido por las obras que Jesús realiza y sabe bien que todo eso viene de Dios, aunque Jesús no haya sido educado en las célebres escuelas rabínicas de la época. Pero en Nicodemo, hombre culto y “maestro en Israel” hay una hermosa curiosidad y sin embargo pregunta a Jesús de igual a igual, de rabbí a rabbí. Jesús, tras haberle escuchado, parece interrumpirle y, sin esperar la pregunta, se anticipa a Nicodemo y le declara que la condición indispensable para la salvación es nacer “de nuevo”. El evangelista hace decir a Jesús dos palabras griegas que tienen un doble significado: “de lo alto” o “de nuevo”, y “nacer” o “ser engendrado”. En resumen, Jesús dice que para creer es necesario dejarse engendrar de nuevo por Dios, porque la vida viene “del cielo”, no de uno mismo, no de las propias tradiciones, aunque sean religiosas, como eran las de Nicodemo. “Ver el Reino de Dios” significa ver a Jesús como a aquel salva y que libera de la esclavitud del mal y de uno mismo. Nicodemo, quizá un poco irritado, responde: “¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo?”. Jesús no enumera las acciones a realizar y no hace una lista de una serie de preceptos para observar; no obstante, sostiene la necesidad de un cambio total de la vida, desde lo más profundo. Renacer no quiere decir hacer algo más o pensar de forma distinta; renacer significa acoger en el propio corazón al Espíritu de Dios que recrea la vida. El soplo del Espíritu transforma los corazones hasta hacerlos nuevos, capaces de amar y de arriesgarse como antes ni se podía imaginar. El profeta Ezequiel escribe: “Yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y así sean mi pueblo y yo sea su Dios” (Ez 11,19-20). Aquella noche las palabras del profeta se hicieron carne en aquel anciano fariseo y le infundieron una energía de vida nueva: se convirtió en discípulo de Jesús.


13/04/2015
Memoria de los pobres


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