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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Éxodo 20,1-17

Entonces pronunció Dios todas estas palabras diciendo: Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos. No tomarás en falso el nombre de Yahveh, tu Dios; porque Yahveh no dejará sin castigo a quien toma su nombre en falso. Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para Yahveh, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Yahveh el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo Yahveh el día del sábado y lo hizo sagrado. Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que Yahveh, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo."

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El decálogo es el corazón de la alianza del Sinaí. Existen dos versiones: la que hemos escuchado y la que se narra en el libro del Deuteronomio (5,6-21), que difiere de la primera sobre todo en la motivación referida al sábado. Ambas tienen por introducción una declaración que, al mismo tiempo que revela quién es el Señor, se presenta como fundamento de toda ley: "Yo soy el Señor, tu Dios, que te he sacado del país de Egipto". Las normas de la ley que siguen se basan en la fe en Dios y en el recuerdo de su acción liberadora. Y observar la ley significa reconocer a Dios como el único Señor y no construir ídolos vanos, reposar con el Señor en el día del sábado y honrar la presencia de Dios en la vida de los demás respetándola en todas sus formas. La ley, sin embargo, no se preocupa solo de lo que hacemos, sino sobre todo del corazón. Las diez palabras que se proponen son una ayuda para llevar una vida buena alejando todas las maldades. La ley previene sobre comportamientos que destruyen nuestra vida y la vida de los demás. Por eso el decálogo está redactado en forma negativa. Se trata de evitar caminos que serían peligrosísimos. Y ordena también "no desear" (v. 17). Nos podríamos preguntar: ¿cómo se pueden ordenar los deseos? Ese, precisamente, es el secreto de la ley antigua de Israel: el pecado en todas sus formas, olvidar a Dios, la idolatría, despreciar al otro, la violencia... todo empieza en el corazón, todo empieza con el deseo. Por eso la ley osa ordenar incluso el deseo, para purificar el corazón, para cambiar los sentimientos. Prestemos, pues, atención a los deseos y a los sentimientos del corazón para que sean como los de Jesucristo, como escribe Pablo a los filipenses (2,5).


24/07/2015
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