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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Agustín (354-430), obispo de Hipona (hoy en Argelia) y doctor de la Iglesia.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primera Tesalonicenses 4,1-8

Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús a que viváis como conviene que viváis para agradar a Dios, según aprendisteis de nosotros, y a que progreséis más. Sabéis, en efecto, las instrucciones que os dimos de parte del Señor Jesús. Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; que os alejéis de la fornicación, que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. Que nadie falte a su hermano ni se aproveche de él en este punto, pues el Señor se vengará de todo esto, como os lo dijimos ya y lo atestiguamos, pues no nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad. Así pues, el que esto deprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os hace don de su Espíritu Santo.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo empieza esta parte de la epístola remitiéndose a la autoridad de Jesús. Y en su nombre muestra lo que “agrada a Dios” (4,1), como "su voluntad" (4,3; 5,18). Considera la exhortación tan decisiva que la siente tan fuerte como una oración. Los tesalonicenses ya saben cómo comportarse para agradar a Dios: el mismo apóstol se lo había mostrado cuando estaba con ellos, tanto con el ejemplo como con la enseñanza. Deben perseverar en ese camino y distinguirse aún más mientras lo recorren, hasta la santidad. La voluntad de Dios es nuestra santificación, es decir, pertenecer en todo a Dios, alejarse del mundo y liberarse de sus lazos. Dios exigía la santidad ya en el Antiguo Testamento: “Yo soy el Señor, el que os he subido de la tierra de Egipto, para ser vuestro Dios. Sed, pues, santos porque yo soy santo” (Lv 11,44-45). Nunca se había formulado de manera tan clara lo que Dios quiere de nosotros. En el Nuevo Testamento, sin embargo, la santidad ya no consiste en ofrecer sacrificios y en observar leyes, como pensaban los judíos, sino en acoger al Espíritu Santo en el corazón. De ese modo, los creyentes se transforman en nuevas criaturas que viven y se comportan según el Espíritu. Pablo exhorta a los tesalonicenses a tener comportamientos que respeten la dignidad del cuerpo y la santidad del matrimonio. Es fundamental abandonar la mentalidad paganizadora que hace que seamos esclavos de nosotros mismos y de nuestros instintos. Además, previene de la sed de beneficio y de la codicia que llevan a oprimir a los demás y a humillarlos. Dios, continúa escribiendo el apóstol, “no nos llamó a la impureza, sino a la santidad” (4,7), es decir, a abandonar comportamientos egocéntricos y violentos para orientarnos hacia Dios. Por tanto, quien desprecia esos preceptos desprecia al mismo Dios, mientras que quien permanece en la "santidad" vive en el amor. Por eso escribe el apóstol: “En cuanto al amor mutuo, no necesitáis que os escriba, ya que vosotros habéis sido instruidos por Dios para amaros mutuamente. Y lo practicáis bien con los hermanos de toda Macedonia. Pero os exhortamos, hermanos, a que sigáis progresando más y más” (4,9-10). Si el amor es el Espíritu infundido por Dios en el corazón de los creyentes, el mismo Espíritu es el maestro interior que guía a todo discípulo. El amor fraterno, de hecho, no es un precepto de los hombres, sino el mandamiento nuevo que Jesús ha dado a los discípulos de todos los tiempos convirtiéndolo en signo distintivo de su lazo con él. Y es un don que hay que vivir cada vez con mayor amplitud. Nadie puede acomodarse en el amor que ya tiene. El mismo amor pide crecer y ampliarse. El apóstol exhorta por último a los tesalonicenses a llevar una vida serena, es decir, confiada a la voluntad de Dios, y a distinguirse por vivir “dignamente” ante los extraños. Viene a la memoria la afirmación de los Hechos a propósito de los primeros cristianos de Jerusalén, que “gozaban de la simpatía de todo el pueblo” (Hch 2,47). Y podemos hacer nuestra también la otra recomendación de Pablo a los Corintios: “No deis motivo de escándalo ni a judíos ni a griegos ni a la iglesia de Dios; lo mismo que yo, que me esfuerzo por agradar a todos en todo, sin procurar mi propio interés, sino el de todos, para que se salven” (1 Co 10,32ss).


28/08/2015
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