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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Romanos 4,20-25

Por el contrario, ante la promesa divina, no cedió a la duda con incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Dios, con el pleno convencimiento de que poderoso es Dios para cumplir lo prometido. Por eso le fue reputado como justicia. Y la Escritura no dice solamente por él que le fue reputado, sino también por nosotros, a quienes ha de ser imputada la fe, a nosotros que creemos en Aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús Señor nuestro, quien fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El apóstol escribe a los romanos que la historia de Abraham nos habla también directamente a nosotros, los cristianos, "que creemos en Aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús nuestro Señor" (v. 24). En un midrash hebreo leemos: "Todo cuanto se escribió sobre Abraham se repite en la historia de sus hijos". Pablo escribe a los romanos que el Señor que se manifestó a Abraham y lo hizo justo por su fe se manifestó definitivamente en la Pascua del Hijo que envió a la tierra. El apóstol aclara que con su muerte en la cruz Jesús cargó con todos los pecados del mundo y con su resurrección nos justificó: Él "fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación" (v. 25). De ese modo el apóstol interpreta la fe de Abraham y la asocia al misterio mismo de Jesús que muere y que resucita. El Dios de Abraham se manifiesta en su plenitud en Cristo Jesús. Por eso la historia de Abraham es emblemática para todos los creyentes y en particular para los cristianos, porque muestra la radicalidad de la fe. Por la fe también nosotros nos unimos a Dios, precisamente como hizo el primero de los patriarcas, que creyó "esperando contra toda esperanza". Aquella fe, que es también la nuestra, nos pide que confiemos totalmente en el Hijo de Dios y en su misterio de salvación. La confianza del cristiano es como la de Abraham. Por eso la fe no es principalmente una obra que debamos llevar a cabo, sino que es sobre todo y ante todo darse a uno mismo a Dios, que nos llama, es abandonarse a la voluntad de Dios y a su plan de amor, del que nos hace partícipes. Con la llegada de Jesús y con su muerte y resurrección se ha revelado plenamente el misterio de la fe y de la salvación. Abraham, prototipo del cristiano, es el "padre de todos los creyentes".


19/10/2015
Oración por la Paz


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