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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Romanos 8,12-17

Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El hombre a menudo se encuentra atrapado entre el orgullo y el miedo. El deseo de afirmarse a uno mismo es fuerte, e igualmente fuerte es el miedo de no lograr dominar a los demás. La vida que de ello se deriva no es hermosa ni para uno mismo ni para los demás. El orgullo y el miedo encadenan a los hombres en la soledad y en el orgullo, y fomentan la creación de una sociedad formada por personas abandonadas en la soledad, sin puntos de referencia y, por ello, más fácilmente dominadas por la violencia y el abuso. Cada vez que nos cerramos en nosotros mismos, aumenta el miedo que tenemos a los demás y, por tanto aumenta también la oposición como forma de defensa. El Señor vino en nuestra ayuda y nos dio su espíritu de libertad para que no volviéramos a caer en el miedo y para que fuéramos hijos suyos. En efecto, ninguno de los discípulos de Jesús puede decirse huérfano y abandonado. Al contrario, es arrancado de raíz de la soledad para ser acogido en la familia de Dios, en una casa donde es conocido, amado, ayudado, acompañado y corregido. La salvación, en definitiva, consiste en ser arrancado del poder del mal y de la soledad y en ser parte del pueblo del Señor. En uno de los textos fundamentales del Vaticano II, la Constitución sobre la Iglesia, se lee que Dios no quiso salvar a los hombres uno a uno, sino haciendo de ellos un pueblo, o aún mejor, una "familia" en la que todos pueden dirigirse al Padre con total confianza, como la de un niño, y pueden llamar al Señor "papá", "abbá". Esa es la sustancia de nuestra salvación. Y nunca dejamos de ser hijos. Ser hijos es la fuente de nuestra alegría. Quien rechaza esta filiación se autocondena a la esclavitud del mal. Si nos mantenemos como hijos somos herederos de las promesas de Dios y de su gloria.


26/10/2015
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