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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Carlos Borromeo (†1584), obispo de Milán.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Romanos 13,8-10

Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor. Pues el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Tras repasar la actitud que los creyentes deben asumir ante los gobernantes (13,1-7) –algo insólito en el epistolario paulino–, el apóstol amplía la perspectiva y llega a plantear la relación de los creyentes con todos los demás. Y dicha relación debe basarse en un amor que da siempre gratuitamente. El cristiano, en realidad, aunque hubiera hecho todo lo que debe hacer, aunque cumpliera todas sus obligaciones, siempre tiene una deuda, la deuda del amor hacia los demás. Y eso vale para todos los creyentes. Se crea así un círculo virtuoso de amor. Todos tenemos una deuda de amor hacia los demás. Eso comporta que los demás tienen derecho a nuestro amor, a nuestra atención y a nuestra proximidad. Esta verdad representa la derrota radical de la "filautía", de aquel amor por uno mismo que es la raíz de todo pecado. Tras el ejemplo de Jesús, que amó a los hombres hasta dar su propia vida por la salvación de todos, tampoco el discípulo puede distanciarse de esa actitud del maestro. Por eso el apóstol puede hablar de deuda del amor. El amor cristiano tiene esta exigencia de gratuidad y de totalidad hacia todos. Es evidente que dicha radicalidad no nace de nosotros, no es el fruto de nuestro trabajo: es un amor que solo podemos recibir de lo alto. Y practicando este amor llevamos a cabo aquel "culto vivo de Dios" del que Pablo acaba de hablar. Es urgente amar porque el tiempo apremia. Parece que el apóstol diga que este es el tiempo para amar. Y nosotros, viendo la gravedad de este inicio de milenio, comprendemos que es muy urgente que los cristianos den testimonio del amor como única vía de salvación para el mundo. Ante el crecimiento del odio y de la violencia, ante el avance del terrorismo y de la guerra, las comunidades cristianas deben abandonar toda distracción y ligereza para comunicar al mundo la primacía del amor. El camino de la paz es hacer que prevalga el amor.


04/11/2015
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