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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

2Samuel 7,1-5.8-11.16

Cuando el rey se estableció en su casa y Yahveh le concedió paz de todos sus enemigos de alrededor, dijo el rey al profeta Natán: "Mira; yo habito en una casa de cedro mientras que el arca de Dios habita bajo pieles." Respondió Natán al rey: "Anda, haz todo lo que te dicta el corazón, porque Yahveh está contigo." Pero aquella misma noche vino la palabra de Dios a Natán diciendo: Ve y di a mi siervo David: Esto dice Yahveh. ¿Me vas a edificar tú una casa para que yo habite? Ahora pues di esto a mi siervo David: Así habla Yahveh Sebaot: Yo te he tomado del pastizal, de detrás del rebaño, para que seas caudillo de mi pueblo Israel. He estado contigo dondequiera has ido, he eliminado de delante de ti a todos tus enemigos y voy a hacerte un nombre grande como el nombre de los grandes de la tierra: fijaré un lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré allí para que more en él; no será ya perturbado y los malhechores no seguirán oprimiéndole como antes, en el tiempo en que instituí jueces en mi pueblo Israel; le daré paz con todos sus enemigos. Yahveh te anuncia que Yahveh te edificará una casa. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente."

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En esta página, que podemos considerar la cima teológica del libro de Samuel, se toca un punto decisivo de la historia de salvación, es decir, la promesa de la descendencia y del reino que se hace a David. Esta promesa se evoca frecuentemente en los salmos (Sal 89 y 132) y en los momentos culminantes de la existencia de Israel, así como en los profetas. Y en el alba del Nuevo Testamento resonará en las palabras del arcángel Gabriel que anuncia a María el nacimiento de Jesús (Lc 1,30-33). La primera Iglesia predicará que en Cristo se realizaba cuanto se había prometido a David en relación a su descendencia (Hb 1,5; Hch 2,29-30). La narración se inspira en la comparación que David hace entre el lugar donde él vive, un hermoso palacio de cedro construido con la ayuda del rey de Tiro, y el arca, signo de la presencia de Dios, todavía bajo una tienda. Por tanto, David decide construirle al Señor un Templo, porque es el lugar digno para su presencia. Por otra parte, la ausencia del Templo era considerada un claro signo de inferioridad religiosa de Israel respecto a los pueblos vecinos. En cuanto David le comunica la decisión, el profeta Natán se entusiasma con el proyecto, pero Dios lo desmiente esa misma noche. La primera reacción del profeta nace de su espontaneidad, mientras que la segunda es la voluntad expresa de Dios. El profeta no puede hablar por sí mismo, sino sólo por Dios, por esto debe precisar a David cuál es la voluntad divina: "Natán habló a David según todas estas palabras y esta visión". La propuesta de David era ciertamente buena, pero mucho más profunda era la perspectiva de Dios. No es Dios quien necesita una casa, sino el pueblo de Israel. Los lugares de culto que había establecido a los comienzos (Gn 12,7-8; 28, 20-22; 35,14), junto al tabernáculo (Ex 26; 33, 7-11), eran signos de su presencia en medio del pueblo. Por eso Dios advierte a David que de la misma manera que nunca le había pedido en épocas pasadas la edificación de un templo, tampoco se lo habría pedido a él (vv. 6-7). El Señor ha conducido a su pueblo y al mismo David en todas sus empresas, sin tener una morada fija donde habitar. Dios no necesita muros, en todo caso es Israel quien los necesita para no olvidar al Señor. Por eso Dios mismo construirá para Israel una morada. Natán se refiere a Salomón, que construirá el Templo, pero sus palabras van más allá. El Señor asegura a David una descendencia estable: "afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas". El profeta anuncia un "trono de realeza" que durará "eternamente", será un reino eterno. La profecía encuentra su plena realización en Jesucristo, como el ángel anuncia a María: "Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin (Lc 1, 32-33). Es el misterio que estamos a punto de acoger nosotros también.


24/12/2015
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