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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

1Reyes 8,22-23.27-30

Salomón se puso ante el altar de Yahveh en presencia de toda la asamblea de Israel; extendió sus manos al cielo y dijo: "Yahveh, Dios de Israel, no hay Dios como tú en lo alto de los cielos ni abajo sobre la tierra, tú que guardas la alianza y el amor a tus siervos que andan en tu presencia con todo su corazón, ¿Es que verdaderamente habitará Dios con los hombres sobre la tierra? Si los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos esta Casa que yo te he construido! Atiende a la plegaria de tu siervo y a su petición, Yahveh Dios mío, y escucha el clamor y la plegaria que tu siervo hace hoy en tu presencia, que tus ojos estén abiertos día y noche sobre esta Casa, sobre este lugar del que dijiste: "En él estará mi Nombre"; escucha la oración que tu servidor te dirige en este lugar. Oye, pues, la plegaria de tu siervo y de tu pueblo Israel cuando oren en este lugar. Escucha tú desde el lugar de tu morada, desde el cielo, escucha y perdona.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Esta oración de Salomón tiene lugar en el momento culminante de la dedicación del Templo. Tras bendecir al Señor por la elección de la casa de David expresada en la profecía de Natán (2 S 7), Salomón le dirige esta oración que la liturgia latina utiliza todavía hoy para la dedicación de las iglesias. El rey se encuentra de rodillas delante de la asamblea (v. 54), vuelto hacia el altar y con las manos extendidas hacia el cielo. La oración no se dirige al vacío sino a Dios. Es el sentido de la postura de Salomón: el cielo obviamente simboliza la altura de Dios frente a nuestra pequeñez. Salomón, con los ojos y las manos levantadas hacia lo alto, pide al Señor que cumpla la promesa hecha a David. Pero refiriéndose a la construcción del Templo se pregunta maravillado cómo es posible que Dios habite en la tierra: "Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos este Templo que yo te he construido!" Sin embargo, está la promesa de Dios a su pueblo de acompañarlo a lo largo de la historia, y por esto invoca: "Que día y noche tus ojos estén abiertos hacia este Templo, hacia este lugar del que dijiste: 'Allí estará mi Nombre'. Escucha la plegaria que tu servidor entona en dirección a este lugar". El Templo se convierte en el lugar de la presencia de Dios, de la misericordia, donde el pueblo puede invocar al Señor con la seguridad de ser escuchado; es el lugar del refugio, allí donde buscar la protección del Señor, donde incluso el extranjero es protegido. Salomón formula siete peticiones al Señor, como queriendo acoger en el Templo la vida entera del pueblo de Israel. Por lo demás, el Señor ha puesto en él su morada, y quien acude allí es salvado. Jesús se sitúa exactamente en esta perspectiva cuando se presenta como el verdadero y definitivo Templo donde el Señor habita en plenitud. La construcción de Salomón es la figura de este Templo que Dios mismo realiza cuando "la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros" (Jn 1,14). Natán se lo había dicho a David: "Te anuncio que el Señor te edificará una casa" (1 Cro 17, 10). Con Jesús llega la plenitud de los tiempos y Dios habita definitivamente entre los hombres. Por eso el encuentro con Jesús es nuestra salvación.


09/02/2016
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