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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 17,15-22

Los que conducían a Pablo le llevaron hasta Atenas y se volvieron con una orden para Timoteo y Silas de que fueran donde él lo antes posible. Mientras Pablo les esperaba en Atenas, estaba interiormente indignado al ver la ciudad llena de ídolos. Discutía en la sinagoga con los judíos y con los que adoraban a Dios; y diariamente en el ágora con los que por allí se encontraban. Trababan también conversación con él algunos filósofos epicúreos y estoicos. Unos decían: «¿Qué querrá decir este charlatán?» Y otros: «Parece ser un predicador de divinidades extranjeras.» Porque anunciaba a Jesús y la resurrección. Le tomaron y le llevaron al Areópago; y le dijeron: «¿Podemos saber cuál es esa nueva doctrina que tú expones? Pues te oímos decir cosas extrañas y querríamos saber qué es lo que significan.» Todos los atenienses y los forasteros que allí residían en ninguna otra cosa pasaban el tiempo sino en decir u oír la última novedad. Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo: «Atenienses, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La persecución, por un diseño especial de Dios, empujaba a los discípulos a marchar a otros lugares para comunicar la buena noticia del reino. El Señor transformaba en ventaja para el Evangelio la crueldad de los opositores al Evangelio. Pablo llegó después a Atenas como un fugitivo. Atenas, aunque ya no era una ciudad próspera como en los tiempos de Platón, seguía siendo una gran capital. En la narración de Lucas, después de Jerusalén y antes de Roma, Pablo debía predicar el Evangelio en la capital de la cultura de aquel tiempo. Tras llegar a la ciudad, Pablo no comenzó inmediatamente la confrontación con los atenienses. Prefirió mezclarse en el tráfico del ágora y del mercado para entender cuál era la sensibilidad de los atenienses. El desafío era muy delicado y Pablo lo sabía. Por esto quería entender desde el interior, es decir, la cultura, las costumbres, la sensibilidad y la vida de los atenienses.
La gran pregunta que Pablo tenía en su mente era clara: ¿Jerusalén conquistaría a Atenas? ¿El Evangelio tocaría el corazón del Areópago? Es la misma pregunta que hoy seguimos poniéndonos ante los muchos areópagos de este mundo, ante las muchas culturas que habitan el planeta y que atraviesan los corazones y las mentes de los hombres. La audacia de Pablo, que con valor se presenta ante los sabios de Atenas, nos muestra que ningún areópago es extraño a la predicación, ninguna cultura es extraña al Evangelio; al contrario, los areópagos de hoy esperan discípulos que sepan anunciar con sabiduría y fuerza la salvación que viene de Jesús. Es el gran desafío que todos los cristianos tienen ante sí y que no pueden eludir porque solo el Evangelio puede hacer más humano el mundo donde vivimos.


04/05/2016
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