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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Santiago 4,13-17

Ahora bien, vosotros los que decís: «Hoy o mañana iremos a tal ciudad, pasaremos allí el año, negociaremos y ganaremos»; vosotros que no sabéis qué será de vuestra vida el día de mañana... ¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece! En lugar de decir: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello». Pero ahora os jactáis en vuestra fanfarronería. Toda jactancia de este tipo es mala. Aquel, pues, que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La seguridad presuntuosa del discípulo es una gran necedad, porque no tiene en cuenta la fragilidad y la impotencia de las que estamos hechos. La frase que Santiago reproduce era probablemente el cálculo de los ricos, del mismo modo que nuestra generación tiene miedo de pararse y de comprender su propia fragilidad y debilidad. Del mismo modo que el necio de la parábola evangélica, ellos buscaban su propio interés, condicionaban su felicidad a su interés y pensaban que podían disponer de su vida y de sus bienes a su albedrío. No, la vida es un don que proviene de las manos de Dios y tiene sentido no cuando nos preocupamos por nosotros mismos sino cuando la gastamos amando. Solo Dios, sugiere Santiago, puede dar seguridad y solo a Él conviene confiarle la vida. No solo el hombre no puede disponer de su futuro, sino que no sabe ni siquiera qué le depara la vida. Ostentar tener seguridad o mostrar una necia superficialidad demuestran por encima de todo nuestra estupidez y la ceguera de nuestros ojos. ¿Qué es el hombre?, se pregunta Santiago. La respuesta es severa: "¡Sois vapor de agua que aparece un momento y después desaparece!". No se refiere solo a la vanidad de la vida sino a la pequeñez del hombre como tal y lo recuerda sobre todo a aquellos que no reflexionan seriamente sobre su vida. Santiago invita a volver a Dios y a confiar en Él, el único que puede dar seguridad. La adhesión al Señor libra de las preocupaciones y del ajetrearse inquieto. Vuelven a la memoria las palabras evangélicas sobre abandonarse al Señor que se preocupa por darnos todo cuanto necesitamos, mucho o poco, como dice Jesús en el sermón de la montaña (cf. Mt 6,25-34). Santiago previene a los creyentes de la presunción y del orgullo como hace también Pablo con los corintios presuntuosos: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?» (1 Co 4,7). El creyente confía en Dios para todo y en Sus manos pone su presente y su futuro.


18/05/2016
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