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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 121 (122), 1-9

1 ¡Qué alegría cuando me dijeron:
  Vamos a la Casa del Señor!

2 ¡Finalmente pisan nuestros pies
  tus umbrales, Jerusalén!

3 Jerusalén, ciudad edificada
  toda en perfecta armonía,

4 adonde suben las tribus,
  las tribus del Señor,
  según costumbre en Israel,
  a dar gracias al nombre del Señor.

5 Allí están los tronos para el juicio,
  los tronos de la casa de David.

6 Invocad la paz sobre Jerusalén,
  vivan tranquilos los que te aman,

7 haya calma dentro de tus muros,
  que tus palacios estén en paz.

8 Por amor de mis hermanos y amigos
  quiero decir: ¡La paz contigo!

9 Por la Casa del Señor, nuestro Dios,
  pediré todo bien para ti.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo 121 es un canto a la ciudad de Jerusalén: ¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la Casa del Señor! ¡Finalmente pisan nuestros pies tus umbrales, Jerusalén!” (vv.1-2). En el centro de la atención no está, como en otros salmos, el templo, sino precisamente la ciudad. De hecho, Jerusalén no es una ciudad cualquiera: “adonde suben las tribus del Señor …. Allí están los tronos para el juicio, los tronos de la casa de David” (vv.4-5). Jerusalén es el anhelo profundo de todo el pueblo de Israel. Es la ciudad donde Dios habita, como dice Ezequiel refiriéndose al templo, lugar del encuentro con el Señor (Ez 48,35). Así la cantan también los demás salmos de Sión (Salmos 45, 47, 75, 83 y 86), que tienen como centro precisamente esta ciudad. Ella es la casa del Señor, por esto la tiene firme y compacta. Da seguridad a quien habita en ella y a quien llega a ella como peregrino. Todos suben hacia ella porque allí se establece la justicia (v. 5). La paz está contenida en su mismo nombre. De hecho, Jerusalén significa ciudad de la paz. Sin embargo, esto no se puede dar por descontado. La paz hay que pedirla, buscarla e invocarla. Lo podemos constatar hoy en la historia de esta ciudad. ¡Cuántas divisiones, cuántas guerras la han atravesado! Hoy parece que se ha convertido en el símbolo de una ciudad que no consigue alcanzar esa paz estable que todos parecen buscar. Por el contrario, es todavía escenario de divisiones y conflictos, no sólo entre judíos y palestinos, sino también entre cristianos. Jesús mismo lloró sobre Jerusalén exclamando: “¡Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no habéis querido!” (Lc 13, 34). La incomprensión del amor de Dios por esta ciudad ha acompañado su historia. Todos somos responsables de ello. No hemos pedido con fuerza paz para esta ciudad, no nos hemos hecho cargo del valor que tenía para toda la humanidad. En la ciudad donde todos hemos nacido, como canta el salmo 86, en la que todos podemos descubrir nuestro origen como hermanos e hijos del único Dios, salen sin embargo a la luz nuestras divisiones. No por nosotros ante todo, sino por nuestros hermanos y amigos nosotros decimos con el salmista: “¡La paz contigo!”, “¡Se pegue mi lengua al paladar si no me acuerdo de ti, Jerusalén…”. Recemos cada día por la paz de Jerusalén y llevemos en el corazón, con amor, sus heridas, sin juzgar, pero con la esperanza en que Dios le dará un día la paz que los hombres no saben darle.


28/11/2016
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