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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 117 (118), 1.8-9.19-21.25-27

1 ¡Dad gracias al Señor, porque es bueno,
  porque es eterno su amor!

8 Mejor refugiarse en el Señor
  que poner la confianza en el hombre;

9 mejor refugiarse en el Señor
  que poner la confianza en los nobles.

19 ¡Abridme las puertas de justicia,
  y entraré dando gracias al Señor!

20 Aquí está la puerta del Señor,
  los justos entrarán por ella.

21 Te doy gracias por escucharme,
  por haber sido mi salvación.

25 ¡Señor, danos la salvación!
  ¡Danos el éxito, Señor!

26 ¡Bendito el que entra en nombre del Señor!
  Os bendecimos desde la Casa del Señor.

27 El Señor es Dios, él nos ilumina.
  ¡Cerrad la procesión, ramos en mano,
  hasta los ángulos del altar!

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo 117 es un himno de acción de gracias a Dios por parte de Israel por haber sido liberado de los enemigos. La liturgia judía lo relaciona con la fiesta otoñal de las Tiendas, conmemoración de la permanencia de Israel en el desierto. El salmo se abre con una invitación en forma de letanía a alabar al Señor: “¡Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor!” (vv.1-4). Una vez más está la invitación a cantar la misericordia de Dios. El Dios de Israel parece no poder estar sin el hombre, sin inclinarse ante él, sin buscarlo, sin defenderlo de los enemigos, sin liberarle de la derrota. Y el salmista subraya que esta misericordia no sólo es gratuita sino también “eterna”. En medio de la facilidad de nuestras traiciones y de la fragilidad de nuestra vida, el salmo invita a contemplar y a gozar de la misericordia de Dios: “es eterno su amor”. El salmista relata su experiencia: en la angustia ha gritado al Señor y el Señor lo llevó a salvo (v.5); los pueblos enemigos lo han rodeado como avispas, come fuego que devora las zarzas, pero en el nombre del Señor los ha derrotado (vv. 11-12); el Señor le ha probado duramente, pero no lo ha entregado a la muerte (v.18). Varias veces se interrumpe para proclamar su fe en el Señor: “Mi fuerza y mi canto es el Señor, él fue mi salvación” (v.14), y aún: “El Señor está por mí, no temo, ¿qué puede hacerme el hombre?” (v.6). Y afirma con gran sabiduría: “Mejor refugiarse en el Señor que poner la confianza en el hombre; mejor refugiarse en el Señor que poner la confianza en los nobles” (vv.8-9). Su verdadera seguridad está sólo en el Señor, cuyo amor es para siempre. Sin embargo, en su necedad, con bastante frecuencia el hombre no lo reconoce; a veces incluso lo desprecia y lo aleja. Sin embargo, Dios sigue enviando los signos de su amor, aunque nosotros, cegados por el orgullo y por la poca fe, no los reconozcamos. Incluso los alejamos, los expulsamos. El salmista advierte: “La piedra que desecharon los albañiles se ha convertido en la piedra angular” (v. 22). Jesús ha retomado esta metáfora y se la ha aplicado a sí mismo; desgraciadamente, todavía hoy es rechazado y descartado. Pero sigue siendo la piedra angular elegida por Dios para construir un pueblo nuevo capaz de amar. El salmo concluye con algunas aclamaciones retomadas por los Evangelios para la entrada de Jesús en Jerusalén: “Bendito el que entra en nombre del Señor” (v. 26). La piedra angular ha sido acogida para la edificación de la nueva Jerusalén. De ella san Efrén cantaba: “Dichosas tus puertas abiertas completamente, tus atrios abiertos de par en par, para que todos nosotros encontremos un lugar. En tus calles cantan todos los pueblos. Los gentiles, corazones duros, corazones de piedra, alaban y aclaman la Piedra descartada por los constructores que se ha convertido en piedra angular. Conmovidas ante la Piedra, las piedras gritan”.


01/12/2016
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