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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 26 (27), 1.4.13-14

1 El Señor es mi luz y mi salvación,
  ¿a quién temeré?
  El Señor, el refugio de mi vida,
  ¿ante quién temblaré?

4 Una cosa pido al Señor,
  es lo que ando buscando:
  morar en la Casa del Señor
  todos los días de mi vida,
  admirar la belleza del Señor
  contemplando su templo.

13 Creo que gozaré
  de la bondad del Señor
  en el país de la vida.

14 Espera en el Señor, sé fuerte,
  ten ánimo, espera en el Señor.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor, el refugio de mi vida, ¿ante quién temblaré?” (v.1). Estas primeras palabras del salmo 26 manifiestan la confianza plena del salmista en el Señor, una confianza que permanece firme a pesar de todas las dificultades que pueden sobrevenir. El creyente dice a su Señor: “Aunque acampe un ejército contra mí, mi corazón no teme; aunque estalle una guerra contra mí, sigo confiando” (v.3). La confianza permanece firme aunque los padres le abandonen, aunque le acusen falsos testigos. El creyente no se derrumba, sabe que el Señor no lo abandonará jamás. Esta confianza -que es más en el Señor que en las propias fuerzas- permite afrontar las adversidades: “Entonces levantará mi cabeza ante el enemigo que me hostiga” (v.6), afirma el salmista con firmeza. El miedo corroe la confianza en el Señor porque lleva a mirarnos a nosotros mismos y a confiar en nuestras fuerzas. Pero el Señor salva. Él es el fuerte y el poderoso que salva al hombre de la ruina. La confianza en el Señor mantiene firmes a los débiles y hace resistir a quienes se confían al Señor. De la fe nace la certeza de que el Señor interviene en nuestra ayuda: “No me abandones, no me dejes, Dios de mi salvación” (v.9). El salmista sabe bien que la confianza en el Señor vive y se robustece en la casa del Señor, es decir, en la comunidad de los creyentes. Por esto regala también a nuestros labios el único deseo que hay que tener: “Una cosa pido al Señor, es lo que ando buscando: morar en la Casa del Señor todos los días de mi vida” (v.4). Es en la comunidad de los creyentes donde se nos ayuda a cultivar el hombre interior que no se busca a sí mismo sino al Señor y lo que a él le pertenece. Dirigiéndose al Señor, el salmista reza: “Digo para mis adentros: «Busca su rostro». Sí, Señor, tu rostro busco” (v.8). La fe concentra toda la vida del creyente en la búsqueda de Dios, hasta el punto de que el único y verdadero miedo que todos debemos tener es el mismo que tiene el salmista, es decir, que Dios nos esconda su rostro (v.9). Pero esto no sucederá; de hecho, Dios es más fiel que un padre o una madre: “Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me acogerá” (v.10).


02/12/2016
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