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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de Gigi, niño de Nápoles que murió violentamente en 1983. Con él recordamos a todos los niños que sufren o que mueren por la violencia de los hombres. Oración por los niños.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 29 (30), 2.4-6.11-12

2 Te ensalzo, Señor, porque me has levantado,
  no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

4 Tú, Señor, sacaste mi vida del Seol,
  me reanimaste cuando bajaba a la fosa.

5 Cantad para el Señor los que lo amáis,
  recordad su santidad con alabanzas.

6 Un instante dura su ira,
  su favor toda una vida;
  por la tarde visita de lágrimas,
  por la mañana gritos de júbilo.

11 ¡Escucha, Señor, ten piedad de mí!
  ¡Sé tú, Señor, mi auxilio!

12 Has cambiado en danza mi lamento:
  me has quitado el sayal, me has vestido de fiesta.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo 29 trae la oración de un hombre que ha corrido un grave peligro, pero ahora está sano. Él quiere narrar esta experiencia suya en la asamblea de los hermanos para que todos se unan a su acción de gracias. Y dice que de esta experiencia ha aprendido dos cosas. La primera la describe así: “Un instante dura su ira, su favor toda una vida” (v.6). En el libro de Isaías se leen palabras todavía más bellas: “Por un breve instante te abandoné, pero con gran compasión te recogeré. En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno te he compadecido” (54, 7-8). Dios no destruye sino que corrige, e incluso su castigo -la Biblia no tiene miedo de hablar de “furor”- nace del amor para que el hombre rectifique y cambie el corazón y la vida. La segunda lección es una experiencia que muchos conocemos y que nace de nuestra poca fe que nos lleva a ser autosuficientes: en el tiempo de la salud y del bienestar nos creemos poderosos hasta que llegan las enfermedades o el peligro y entonces descubrimos nuestra fragilidad: “Al sentirme seguro me decía:
«Jamás vacilaré». … pero luego escondías tu rostro y quedaba todo conturbado” (vv. 7-8). En el momento del bienestar fácilmente olvidamos al Señor y su amor para confiar sólo en nosotros mismos. El salmista nos invita a descubrir que la búsqueda del amor del Señor vale más que cualquier otra cosa. Y sólo la oración humilde y confiada es lo que puede levantarnos del dolor y de la angustia, y transformar el luto en fiesta y el dolor en alegría. El salmista está convencido de esto hasta el punto de explicárselo al mismo Señor para que no deje nunca de ayudarle: “¿Qué ganas con mi sangre, con que baje a la fosa? ¿Puede el polvo alabarte, anunciar tu verdad?” (v. 10). El salmista, que no conoce todavía la resurrección, nos recuerda en cualquier caso que el sentido de la vida es alabar y amar al Señor, siempre.


15/12/2016
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