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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 66 (67), 2-8

2 ¡Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
  que nos muestre su rostro radiante!;

3 conozca así la tierra su proceder,
  y todas las naciones su salvación.

4 ¡Que los pueblos te den gracias, oh Dios,
  que todos los pueblos te den gracias!

5 Que se alegren y exulten las naciones,
  pues juzgas al mundo con justicia,
  con equidad juzgas a los pueblos,
  gobiernas las naciones de la tierra. Pausa.

6 ¡Que los pueblos te den gracias, oh Dios,
  que todos los pueblos te den gracias!

7 La tierra ha dado su cosecha,
  Dios, nuestro Dios, nos bendice.

8 ¡Dios nos bendiga y lo teman
  todos los confines de la tierra!

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo 66 se abre invocando la bendición de Dios: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga” (v. 2) y se cierra de la misma forma: “Dios, nuestro Dios, nos bendice. ¡Dios nos bendiga!” (vv. 7-8). El salmista retoma y revive la conocida “bendición sacerdotal” del libro de los Números: “Que El Señor te bendiga y te guarde; que ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio; que el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Nm 6, 24-26). Invocar la bendición significa hacer que descienda la benevolencia de Dios sobre quien es invocada. De hecho, sabemos que todo es don de Dios. Y es sugerente la invitación a “que nos muestre su rostro radiante” (v. 2), como queriendo reafirmar a los creyentes de que siempre están bajo la mirada de amor del Señor. El salmo abre de inmediato la visión a todos los pueblos auspiciando que se eleve a Dios una alabanza justa: “Que se alegren y exulten las naciones, pues juzgas al mundo con justicia” (v. 5). La fe de Israel en el Señor es lo que conduce toda la historia de los hombres, Él gobierna todo y no deja nada al azar o al destino ciego. Claro, no faltan desastres y violencia, como también nosotros vemos en nuestros días. Sin embargo, la historia no se ha escapado de las manos del Señor. Él sigue fecundando la tierra para que dé sus frutos (v. 7). Todo el salmo está atravesado por un ansia de universalidad: las gentes, los pueblos, las naciones, todos están llamados a reconocer al Señor y alabarlo. La convicción que sostiene esta universalidad es el amor de Dios por todos los pueblos, sin exclusión de nadie. Es un respiro que retoma todo el Nuevo Testamento. El apóstol Pablo escribe a los Efesios: “misterio que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido ahora revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio” (Ef 3, 5-6). La universalidad del anuncio evangélico resuena hoy con especial urgencia ante el resurgimiento de barreras y muros de separación. El apóstol Pablo exalta el nuevo pueblo nacido de Jesús en el que toda la humanidad está llamada a participar: “Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios” (Ef 2, 19).


16/12/2016
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