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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 24 (25), 4-5.8-10.14

4 Muéstrame tus caminos, Señor,
  enséñame tus sendas.

5 Guíame fielmente, enséñame,
  pues tú eres el Dios que me salva.
  En ti espero todo el día.

8 Bueno y recto es el Señor:
  muestra a los pecadores el camino,

9 conduce rectamente a los humildes
  y a los pobres enseña su sendero.

10 Amor y verdad son las sendas del Señor
  para quien guarda su alianza y sus preceptos.

14 El Señor se confía a sus adeptos,
  los va instruyendo con su alianza.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Nos encontramos a las puertas de la Navidad y la liturgia pone en nuestros labios una vez más algunos versículos del salmo 24 que ya hemos meditado en una de sus partes. Al introducirnos en la oración salmódica se nos exhorta a levantar la cabeza porque nuestra salvación está cerca. Es como una última invitación a sacudirnos de encima esa costumbre que puede hacernos permanecer en la superficie de un clima navideño cegado por el brillo de las calles pero que dejar discurrir la realidad cruel de los conflictos, las injusticias, las guerras y las innumerables tragedias que afligen la vida de muchos. La liturgia nos exhorta a mirar a lo alto, a esperar una ayuda que el Señor está por darnos. El ambiente en el que surge la oración del salmo 25 es el de los “anawin”, los pobres del Señor (v.16), es decir, esos creyentes de Israel que saben que son débiles y pecadores, pero que ponen su confianza sólo en Dios. Por esto la oración del salmo es como una oración simple y común a todos los creyentes que sienten su debilidad, su pecado, pero que saben que tienen un padre en el cielo que siempre los perdona. El salmista parece querer delinear los rasgos espirituales de estos pobres que se confían a Dios: ellos “esperan” en el Señor, observan “su alianza y sus preceptos” (v. 10) y “respetan al Señor” (v.12). Y estos creyentes van por este camino para conocer el corazón mismo de Dios, como recita la primera invocación que abre el salmo: “A ti, Señor, dirijo mi anhelo. A ti, Dios mío. En ti confío, ¡no quede defraudado, ni triunfen de mí mis enemigos!” (vv. 1-2). Son las palabras de un creyente que se fía del Señor y de su palabra. Él sabe bien que el Señor es “bueno y recto” (v. 8) y no condena a quien se fía de él. Más bien es el creyente quien quiere conocer la palabra del Señor y seguirla, seguro de que es una palabra de salvación: “Muéstrame tus caminos, Señor, enséñame tus sendas. Guíame fielmente, enséñame, pues tú eres el Dios que me salva” (vv. 4-5). Ha llegado el tiempo en que esta Palabra se hace carne, se hace cercana a nosotros, para que podamos no sólo escucharla sino tocarla e incluso hacer de ella nuestro alimento y nuestra bebida. Así se realiza ese diálogo de amor entre Señor y el creyente que es la esencia de la vida y de la salvación. El creyente sabe que “amor y verdad son las sendas del Señor” (v.10) y al mismo tiempo que no se imponen como una ley fría que hay que observar o como preceptos rígidos que hay que poner en práctica. La vida del creyente es un ininterrumpido diálogo con su Señor. La Palabra de Dios no es una ley externa, sino un diálogo entre el Señor y el creyente: “El Señor se confía a sus adeptos, los va instruyendo con su alianza” (v.14). Podríamos decir que es el misterio mismo de la Navidad, de la palabra que se hace carne y viene a habitar en medio de nosotros.


23/12/2016
Memoria de Jesús crucificado


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