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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 8,2.5-9

2 ¡Señor, Señor nuestro,
  qué glorioso es tu nombre en toda la tierra!

5 ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,
  el hijo de Adán para que de él te cuides?

6 Apenas inferior a un dios lo hiciste,
  coronándolo de gloria y esplendor;

7 señor lo hiciste de las obras de tus manos,
  todo lo pusiste bajo sus pies:

8 ovejas y bueyes, juntos,
  y hasta las bestias del campo,

9 las aves del cielo, los peces del mar
  que circulan por las sendas de los mares.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

“¡Señor, Señor nuestro, qué glorioso es tu nombre en toda la tierra!”. Esta exclamación que abre y cierra el salmo recoge el estupor del salmista por la criatura humana: “Al ver tu cielo, hechura de tus dedos, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él te cuides?” (v. 5). ¿Qué es el hombre? Es una pregunta simple que cada uno de nosotros debería ponerse, no sólo ante la inmensidad de la creación, sino sobre todo ante la grandeza del Creador. Pero, ¿podemos leerla también como una oración, una invocación dirigida a Dios? Sólo el Señor, en efecto, puede dar razón de la grandeza del hombre. Ninguno de nosotros es capaz de captar el misterio profundo de su existencia. El hombre no es dueño de sí mismo y está marcado por una fragilidad radical. Para conocer quién es el hombre hay que elevar la mirada hacia Dios. Sólo en Él comprendemos la verdadera dignidad del hombre, de todo hombre: “Apenas inferior a un dios lo hiciste, coronándolo de gloria y esplendor” (v. 6). El autor de la carta a los Hebreos aplica este salmo a Jesús, el hombre perfecto, “coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos” (Hb 2, 9). Contemplando el firmamento, el salmista se da cuenta de que el hombre es poca cosa, y sin embargo es objeto del recuerdo y del cuidado de Dios. La vida del hombre depende de este recuerdo y en él la fragilidad humana encuentra su grandeza. El salmista mira el poder de Dios, punto firme de la fe. El hombre, aunque sólo se compare con los cielos y la historia, es poco y basta nada para caer en la enfermedad y la muerte. Pues bien, exclama el salmista, Dios se acuerda de él y “todo lo pusiste bajo sus pies” (v. 7b). El salmista usa dos términos para indicar al hombre: enosh y ben adam. Enosh es el hombre caduco, aparentemente insignificante, que ante la grandeza del mundo y la amplitud del tiempo parece desaparecer en la nada: “¡El hombre! Como la hierba es su vida” (Salmo 103,15). Pero este hombre es amado por Dios y ha recibido el poder sobre el mundo para cuidarlo y convertirlo en una casa habitable para todos. Ben adam significa “hijo de hombre”, es decir, un hombre cualquiera, un hombre que viene de la tierra (adama). Pues bien, a este ben adam Dios le ha dado la fuerza de amar a todos como hermanos. Hay una unidad radical que une a los hombres entre sí: ser todos hijos de Dios y por tanto hermanos entre sí. En la paternidad de Dios está la razón de la grandeza de todos y de cada uno.


10/01/2017
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