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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 94 (95), 6-11

6 Entrad, rindamos homenaje inclinados,
  ¡arrodillados ante el Señor que nos creó!

7 Porque él es nuestro Dios,
  nosotros somos su pueblo,
  el rebaño de sus pastos.
  ¡Ojalá escuchéis hoy su voz!:

8 «No seais tercos como en Meribá,
  como el día de Masá en el desierto,

9 allí vuestros padres me probaron,
  me tentaron aunque vieron mis obras.

10 Cuarenta años me asqueó esa generación,
  y dije: Son gente de mente desviada,
  que no reconocen mis caminos.

11 Por eso juré en mi cólera:
  ¡No entrarán en mi reposo!»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo 94 se abre con la invitación a una procesión festiva y llena de cantos para presentarse ante el Señor: “Venid, cantemos gozosos al Señor, aclamemos a la Roca que nos salva” (v. 1). La alegría viene dada por la grandeza de Dios que no sólo ha creado el mundo sino que sigue sosteniéndolo cada día. El salmista canta el poder del Señor porque “él sostiene las honduras de la tierra, suyas son las cumbres de los montes” (v. 4). La creación no es un gesto de un pasado lejano. Dios no ha creado el mundo para abandonarlo después a su destino; lo tiene firmemente en sus manos. Por esto el salmista invita a los creyentes a postrarse ante Dios: “Entrad, rindamos homenaje inclinados, ¡arrodillados ante el Señor que nos creó!” (v. 6). Nuestra fragilidad no debe asustarnos. Es indispensable reconocerla, pero no para permanecer esclavos de una situación humillante. Nuestra verdadera grandeza está en ser amados por Dios. Y nuestra salvación está en ser acogidos en su pueblo. Es en la alianza entre Dios y su pueblo donde se realiza nuestra salvación. Es verdaderamente estupefaciente lo que el Señor sigue haciendo todavía hoy por nosotros. El Creador sigue eligiéndonos, a pesar de nuestra pequeñez, de nuestra fragilidad y de nuestras debilidades. Él quiere hacer de nosotros su herencia. El creador del cielo y de la tierra se ha inclinado ante nosotros para hacernos colaboradores de su diseño de salvación. No lo ha hecho porque lo necesitase. Lo ha hecho sólo por amor. Y ser elegidos por él significa que Dios no podrá nunca estar contra Israel. La liturgia festiva que el salmo está cantando se interrumpe de improviso y los fieles son invitados a escuchar: “No seais tercos como en Meribá, como el día de Masá en el desierto” (v. 8). El episodio de Masá (tentación) y Meribá (protesta) se narra en el Éxodo 17,1-7. El pueblo de Israel, carente de agua, protesta. No reza (como hará sin embargo Moisés), sino que protesta. Y de la protesta se pasa a la murmuración: “¿Por qué nos has sacado de Egipto?”. No se pone en discusión una parte del “credo” de Israel, sino todo, es decir, la fe en la fidelidad del amor de Dios. La interrogación de los judíos en Meribá aparece en otros pasajes de la Biblia y vuelve a emerger en todo momento en que deben afrontar obstáculos y dificultades. Sin embargo, nunca jamás han faltado las pruebas del amor de Dios. La voz severa que advierte “¡No entrarán en mi reposo!” (v. 11) no se dirige a hombres fuera del templo, sino a personas que, dentro, están cantando al Señor. Quizá su corazón está lejos de lo que sale de sus labios. ¡Cuántas veces los creyentes tienen el corazón lejos de Dios! Es una acusación que vuelve en todo tiempo, también hoy. El salmo nos recuerda que sólo escuchando la Palabra de Dios y abandonándose a ella el creyente encuentra su salvación.


12/01/2017
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