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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Oración por la unidad de los cristianos. Recuerdo especial de las antiguas Iglesias de Oriente (siro-ortodoxa, copta, armenia, etíope, siro-Malankar) y asiria.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 84 (85), 8.10-14

8 ¡Muéstranos tu amor, Señor,
  danos tu salvación

10 Su salvación se acerca a sus adeptos,
  y la Gloria morará en nuestra tierra.

11 Amor y Verdad se han dado cita,
  Justicia y Paz se besan;

12 Verdad brota de la tierra,
  Justicia se asoma desde el cielo.

13 El Señor mismo dará prosperidad,
  nuestra tierra dará su cosecha.

14 Justicia marchará ante él,
  con sus pasos le abrirá camino..

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo 84, del que hoy la liturgia nos hace cantar sólo algunos versículos, refleja la alegría del pueblo de Israel en el momento del regreso del exilio de Babilonia: “has cambiado la suerte de Jacob” (v. 2). Pero podemos aplicar estas palabras a toda situación de regreso a una vida nueva después de calamidades especiales como las guerras, la violencia o las injusticias que, desgraciadamente, siguen abatiéndose sobre la vida humana. En los momentos difíciles, el pueblo de Israel ayunaba, se vestía de saco y esparcía cenizas sobre su cabeza, en la certeza de que el Señor borraría el pecado: “has quitado la culpa de tu pueblo, has cubierto todos sus pecados” (v. 3). Todos se recogían para invocar al Señor: “Restáuranos, Dios salvador nuestro” (v. 5). El mal, cualquier tipo de mal, se abate sobre la vida humana cada vez que se aleja del Señor para seguir nuestros instintos egocéntricos y de violencia. Debemos invocar al Señor para que vuelva a reinar en medio de nosotros. Él es fiel y justo: “¡Muéstranos tu amor, Señor, danos tu salvación!” (v. 8). El salmista se dirige al Señor recordándole lo que ha realizado por Israel. En la oración podemos hablar a Dios de todas las maneras. En verdad, deberíamos recordarnos a nosotros mismos la fidelidad del Señor y nuestras innumerables infidelidades que son la causa de nuestros males. Sin embargo, con el salmista queremos mostrar a Dios la diferencia entre su acción fuerte de un tiempo y su silencio durante la angustia del exilio.
Sin embargo, con el salmista queremos mostrar a Dios la diferencia entre sus acciones fuertes de un tiempo y su silencio durante la angustia del exilio. Pero el creyente sabe que Dios no lo abandona. Basta con leer las Escrituras: Dios siempre ha sido bueno con Israel, incluso cuando se alejaba de Él. Es sobre la fidelidad de Dios donde se apoya la fe de Israel. El Señor llega a eliminar e incluso a olvidar el pecado de su pueblo: “has quitado la culpa de tu pueblo, has cubierto todos sus pecados”. El creyente sabe que Dios, en su amor fiel, conduce la historia hacia la salvación, y puede afirmar con claridad que sólo en Él hay salvación: “Dios salvador nuestro” (v. 5). En efecto, el pecado no es otra cosa que el intento de buscar la salvación fuera de Dios. Y la conversión es por tanto volver a confiar en Dios. Y sólo encuentra paz el que “vuelve a él con todo el corazón”. El creyente, por tanto, vuelve a escuchar la Palabra del Señor: “Escucharé lo que habla Dios” (v. 9) y comprende que “el Señor habla de futuro”, de la paz, que es la suma de los bienes que necesitamos, es decir, vida, libertad, justicia y fraternidad. Por esto el salmista se imagina el futuro nuevo del mundo personificando las virtudes: en el tiempo del Señor la fidelidad y la verdad se besarán, la justicia y la paz se encontrarán. Este tiempo, el tiempo de la plenitud, ha comenzado con Jesús. La tradición cristiana ha hecho de este salmo el canto de la paz.


20/01/2017
Memoria de Jesús crucificado


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