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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma

Jornada europea de recuerdo de la Shoah.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 36 (37), 3-6.23-24.39-40

3 Confía en el Señor y obra el bien,
  vive en la tierra y cuida tu fidelidad,

4 disfruta pensando en el Señor
  y te dará lo que pida tu corazón.

5 Encomienda tu vida al Señor,
  confía en él, que actuará;

6 hará brillar como luz tu inocencia
  y tu honradez igual que el mediodía.

23 El Señor da firmeza a los pasos del hombre,
  se complace en su camino;

24 aunque caiga, no queda tirado,
  pues el Señor lo sostiene por la mano.

39 La salvación del honrado viene del Señor,
  él es su refugio en tiempo de angustia;

40 El Señor lo ayuda y lo libera,
  él lo libra del malvado,
  lo salva porque se acoge a él.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La liturgia nos hace cantar algunos versículos del salmo 36. Es la reflexión de un creyente que asume el tono de una lección dirigida a explicar a los “honrados”, a los justos, el sentido de su vida y de sus aspiraciones. El hombre sabio, un anciano (es el mismo salmista), quizá quiere frenar las impaciencias de los que se sienten desilusionados viendo la prosperidad de los malvados. Vuelve con insistencia la objeción que con frecuencia se repite en las Escrituras: ¿por qué, si Dios castiga a los impíos, el justo sin embargo sufre? El autor, fundado firmemente sobre la fe en Dios justo y remunerador, aporta su contribución de hombre espiritual y afirma que la vida vivida bajo la mirada de Dios es en sí misma un bien superior a todas las aflicciones que el justo experimenta en la tierra y es siempre preferible a la efímera y engañosa vida del impío: “Confía en el Señor y obra el bien, vive en la tierra y cuida tu fidelidad” (v. 3). Por tanto, puede exhortar a no envidiar al malvado, a no envidiar la vida que lleva, el éxito que obtiene, la riqueza que acumula. Si lo envidia es signo de que razona como él, que aprecia lo que el malvado aprecia, es decir, que el sentido de la vida y el valor de un hombre están en las cosas que se acumulan. El hombre debe cambiar su corazón, como Jesús mismo dirá: “donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6, 21). El “honrado” está llamado a cambiar radicalmente la forma de mirar el mundo y las cosas: “disfruta pensando en el Señor” (v. 4), y aún más: “Más vale lo poco del honrado que la enorme riqueza del malvado” (v. 16). Envidiar al malvado significa tener un corazón semejante al suyo. Y en todo caso el justo no debe ni siquiera irritarse contra él: “Descansa en el Señor, espera en él, no te acalores contra el que prospera, contra el hombre que urde intrigas. Desiste de la ira, abandona el enojo, no te acalores, que será peor; pues los malvados serán extirpados, mas los que esperan en el Señor heredarán la tierra” (vv. 7-9). No hay que tener ni envidia ni irritarse por la fortuna del malvado. En efecto, esta es engañosa y sus construcciones se derrumban solas. Por lo demás, los enemigos del Señor se marchitarán como el esplendor de los prados, como humo todos se desvanecerán; el impío desaparece, y si buscas su puesto no lo encuentras más, canta el salmista. El Señor hará justicia con seguridad, pero de forma diferente a nuestras convicciones. Quien sigue al Señor debe dejarse purificar el corazón por los pensamientos de Dios y por su amor sin límites. Por esto el justo no se llena de ira ni cede a la envidia: “No te acalores por los malvados, ni envidies a los que hacen el mal” (v. 1).


27/01/2017
Memoria de Jesús crucificado


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