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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de la muerte de Gandhi, asesinado en 1948 en Nueva Delhi. Con él recordamos a todos los que, en nombre de la no violencia, trabajan por la paz.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 30 (31), 20-24

20 ¡Qué grande es tu bondad, Señor!
  La reservas para tus adeptos,
  se la das a los que a ti se acogen
  a la vista de todos los hombres.

21 Los ocultas donde tú solo los ves,
  lejos de las intrigas de los hombres;
  bajo techo los pones a cubierto
  de las querellas de las lenguas.

22 ¡Bendito el Señor que me ha brindado
  maravillas de amor (en plaza fuerte)!

23 ¡Y yo que decía alarmado:
  «Estoy dejado de tus ojos»!
  Pero oías la voz de mi plegaria
  cuando te gritaba auxilio.

24 Amad al Señor, todos sus amigos,
  a los fieles protege el Señor;
  pero devuelve con creces
  al que obra con orgullo.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La liturgia hoy nos hace rezar con la segunda parte del salmo 30. El salmista está enfermo desde hace largo tiempo y sus fuerzas se debilitan cada vez más. Se dirige por tanto al Señor y reza: “Ten piedad de mí, Señor, que estoy en apuros. La pena debilita mis ojos, … mi vida se consume en aflicción,… mis huesos pierden fuerza” (vv. 10-11). Y también, sin una secuencia lógica, el enfermo expresa al Señor con sinceridad, sin avergonzarse, los pensamientos tumultuosos de su corazón, en una continua sucesión de altibajos, de postración y de valentía. Un poco como sucede en la vida de cada uno de nosotros, que con frecuencia está llena de quehaceres y es presa de altibajos. Pero no es sólo la enfermedad lo que hace sufrir a este hombre: los enemigos siguen con un complot contra él y los amigos le dejan solo hasta avergonzarse de verle. Al sufrimiento físico se le añade el moral, que es todavía más doloroso: “De todos mis opresores me he convertido en la burla; asco doy a mis vecinos, espanto a mis familiares” (v. 12). Sufrimiento, abandono e impotencia dan al salmista la impresión de ser olvidado de todos: es la amargura de la soledad que hace dudar incluso del valor mismo de la vida y hasta de la cercanía del Señor: “¡Y yo que decía alarmado: «Estoy dejado de tus ojos»!” (v. 23). Pero en el dolor el salmista reza, encuentra la fuerza de dirigirse a Dios y le presenta su dolor, le manifiesta su pena. En la oración la esperanza no se rompe y la confianza desata al creyente de las cadenas de la angustia. El secreto del creyente está por completo aquí: en retirar la mirada de su miseria y elevarla hacia el Señor. Se da cuenta de que no sólo no está abandonado por Dios, sino que es escuchado: “Pero oías la voz de mi plegaria cuando te gritaba auxilio” (v. 23b). Recuperada la compañía del Señor, la oración se convierte ya no en lamento sino en una alabanza y una acción de gracias: “Bendito el Señor que me ha brindado maravillas” (v. 22). No porque lo merezcamos. Es más, con el salmista debemos reconocer que nuestro pecado nos ha debilitado y nos ha hecho más frágiles ante el mal: “sucumbe mi vigor a la miseria” (v. 11). La confianza nos lleva a poner toda nuestra vida en manos de Dios, seguros de que nos salvará. No es casualidad que el evangelista Lucas ponga en boca de Jesús, mientras está sobre la cruz, precisamente el versículo 6 de este salmo: “en tus manos abandono mi espíritu”. Es la oración que los rabinos recomendaban recitar al atardecer. Sin embargo, Jesús ha introducido una pequeña modificación respecto al salmo original añadiendo la palabra “Padre”: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Con este pequeño añadido ha profundizado inmensamente nuestra relación con Dios.


30/01/2017
Memoria de los pobres


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