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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de los Santos Cirilo (+869) y Metodio (+885), padres de las Iglesias Eslavas y patrones de Europa.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 28 (29), 1-4.9-10

1 ¡Rendid al Señor, hijos de Dios,
  rendid al Señor gloria y poder!

2 Rendid al Señor la gloria de su nombre,
  postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

3 La voz del Señor sobre las aguas,
  el Dios de la gloria truena,
  ¡es el Señor sobre las aguas caudalosas!

4 La voz del Señor con fuerza,
  la voz del Señor con majestad.

9 La voz del Señor retuerce las encinas,
  deja desnudas las selvas.
  Todo en su Templo grita: ¡Gloria!

10 El Señor se sentó sobre el diluvio,
  El Señor se sienta como rey eterno.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmista, con un lenguaje tomado de la cultura pagana cananea que describe la acción del huracán, quiere exaltar la fuerza de Dios, que es precisamente como la de una tempestad. El salmo está como salpicado de la expresión “la voz del Señor”. El salmista siente la necesidad de afirmar la fuerza de la presencia de Dios en la historia. Él está presente con una voz potente que provoca tempestades: “La voz del Señor sobre las aguas, ¡es el Señor sobre las aguas caudalosas! La voz del Señor con fuerza, la voz del Señor con majestad” (vv. 3-4). Y continúa en los versículos siguientes: “La voz del Señor desgaja los cedros, desgaja el Señor los cedros del Líbano, hace brincar como novillo al Líbano, al Sarión como cría de búfalo” (vv. 5-6). En la concepción pagana la tempestad evocaba el poder terrorífico de Dios, su cólera. Ante esta irrupción destructora el sentimiento prevalente era el miedo. Es cierto que también el hombre bíblico veía el poder de Dios cuando se desataba la tormenta, pero estaba convencido de que ese Dios, tan poderoso como para sacudir la naturaleza, amaba sin embargo a su pueblo desde lo más profundo de su ser. Esa fe en Dios lo cambia todo: el poder de la tormenta se convierte en razón para la confianza y la serenidad; el poder de Dios, que domina todo, está al servicio de su amor y de la defensa de su pueblo. Su fuerza irresistible, de hecho, se dirige por entero a derrotar el poder del mal. Ante ella, por tanto, no se debe tener miedo, sino que se debe cultivar el “santo temor de Dios” y la certeza de la victoria. Y así, el salmista, tras el susto inicial ante el huracán, pasa de inmediato a la serenidad; la tempestad no ha cesado pero ha cambiado el modo de observarla: “El Dios de la gloria truena… Todo en su Templo grita: ¡Gloria! El Señor se sentó sobre el diluvio, el Señor se sienta como rey eterno” (vv. 3.9-10). El creyente, cada vez que levanta la mirada hacia el Señor, pasa de la tempestad a la tranquilidad, de la agitación a la paz. En efecto, en Dios reencontramos la calma y la esperanza. La agitación y el miedo llevan a replegarse sobre uno mismo y la propia impotencia; sólo la fe salva.


14/02/2017
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