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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 32 (33), 10-15

10 El Señor frustra el plan de las naciones,
  hace vanos los proyectos de los pueblos;

11 pero el plan del Señor subsiste para siempre,
  sus decisiones de generación en generación.

12 ¡Feliz la nación cuyo Dios es el Señor,
  el pueblo que escogió para sí como heredad!

13 El Señor observa de lo alto del cielo,
  ve a todos los seres humanos;

14 desde el lugar de su trono mira
  a todos los habitantes de la tierra;

15 él, que modela el corazón de cada uno,
  y repara en todas sus acciones.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Los seis versículos del salmo 32 que la liturgia pone en nuestros labios comienzan con la afirmación de la soberanía de Dios sobre la historia humana. El creyente, iluminado por el Espíritu, lee en profundidad la historia y descubre la mano de Dios, que la acompaña a lo largo de los siglos. Los hombres, sobre todo cuando se dejan guiar por su orgullo y la sed de dominio, creen ser los que guían la historia, y piensan que las conquistas obtenidas mediante el abuso son seguras y duraderas. En realidad esas conquistas tienen los pies de barro. El salmista nos recuerda: “El Señor frustra el plan de las naciones, hace vanos los proyectos de los pueblos” (v. 10). Sólo el Señor es la roca firme sobre la que construir el futuro, ya sea personal o colectivo, porque “el plan del Señor subsiste para siempre, sus decisiones de generación en generación” (v. 11). En todas las páginas de la Santa Escritura se habla de la fidelidad del amor de Dios por sus criaturas. Existe un vínculo indisoluble por parte de Dios, que no se rompe. Lamentablemente son infinitas nuestras infidelidades y nuestras traiciones, todos lo sabemos bien por experiencia personal. Pero el Señor nunca nos abandona, nunca se retrae de amarnos y venir en nuestra ayuda. Son hermosas, y sobre todo ciertas, las palabras del salmista cuando habla de Dios en lo alto del cielo, que “ve a todos los seres humanos” (v. 13). El Señor no está lejos, concentrado en sí mismo sin acordarse de los hombres ni de su pueblo, dejándonos a merced del mal. No, repite el salmista, el Señor “desde el lugar de su trono mira a todos los habitantes de la tierra” (v. 14), penetra hasta los más profundo de los corazones y permanece firme en su amor por nosotros. Ciertamente sabe que siempre hay algo de bien en el corazón de cada uno, y además conoce los pensamientos y hasta los planes más secretos de nuestro corazón. Por lo demás el salmista nos recuerda que él “modela el corazón de cada uno, y repara en todas sus acciones” (v. 15). Su relación con cada uno de nosotros es mucho más íntima de lo que pueda ser la que cada uno mantiene consigo mismo. Sin embargo su mirada no es la de un juez implacable, pronto a juzgar y condenar. No, Él es un Padre que mira a sus hijos para protegerlos, para salvarlos del mal y de la opresión. La mirada de Dios que el salmista evoca no es una mirada amenazadora, dispuesta a condenar. Es cierto que el Señor ve el pecado y la debilidad del hombre, pero lo hace “para librar su vida de la muerte y mantenerlos en tiempo de penuria” (v.19). Dios nos mira desde el cielo para salvarnos, no para condenarnos. Esta afirmación del salmo no sólo no entristece, sino que da alegría al corazón del creyente porque puede cantar la fidelidad de Dios. De aquí nace la bienaventuranza del pueblo elegido por Dios para comunicar a todos la salvación: “¡Feliz la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que escogió para sí como heredad!” (v. 12). Es una bienaventuranza estrechamente ligada a la vocación misionera que el Señor confía a su pueblo: lo ha elegido para hacer llegar a todos su amor.


17/02/2017
Memoria de Jesús crucificado


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