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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 6,44-51

«Nadie puede venir a mí,
si el Padre que me ha enviado no lo atrae;
y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas:
Serán todos enseñados por Dios.
Todo el que escucha al Padre
y aprende,
viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre;
sino aquel que ha venido de Dios,
ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo:
el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto
y murieron; este es el pan que baja del cielo,
para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo.
Si uno come de este pan, vivirá para siempre;
y el pan que yo le voy a dar,
es mi carne por la vida del mundo.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Evangelio continúa presentándonos el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. Al inicio del pasaje Jesús aclara que nadie puede comprender su misterio sin la fe que el mismo Padre da. Jesús revela el secreto de la vida cristiana: la fe no es el fruto del esfuerzo de los hombres que se comprometen a practicar una vida virtuosa, sino dejarse atraer por él: "Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae". La atracción de la que habla Jesús no es simplemente una cuestión intelectual, sino de corazón, de pasión, de convicción. La fe, en definitiva, es una cuestión de amor total, y por tanto de mente y de corazón. Eso, lógicamente, se produce escuchando con disponibilidad la Palabra de Dios. En las palabras del Señor existe una fuerza de atracción que permite superar todo obstáculo y toda dificultad porque la belleza de la vida con Él supera todo sentimiento de renuncia o sacrificio. Jesús dice: "Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí", es decir, descubre el verdadero sentido de la vida y recibe el alimento que la sostiene sin dejarla vacilar o debilitarse. Es realmente difícil pensar que Dios mismo pueda presentarse a través de la debilidad de las palabras evangélicas, que su amor se pueda tocar a través del amor de sus hijos. Puede parecer más natural buscar por otras partes, en certezas aparentemente mucho más sólidas, el alimento para nuestra vida, las certezas y los afectos que pueden garantizar felicidad y apoyo. En realidad es una ilusión, todos conocemos los límites y la debilidad de las cosas humanas. Es mucho mejor fiarse de un Dios que ha elegido las palabras de un hombre para manifestar su Palabra, que ha elegido los débiles signos sacramentales para darnos su fuerza. No hacen falta esfuerzos sobrehumanos para poder comprender las cosas del cielo. Quien quiere conocer a Dios debe conocer a su Hijo. Quien quiere entender el misterio de Dios, debe leer el Evangelio. Quien escucha esta palabra es atraído por Dios y recibe el pan de la eternidad: "Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed". Es el misterio que vivimos cada vez que participamos de la Misa, donde recibimos como un don el pan de la Palabra y el de su Cuerpo.


04/05/2017
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