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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Felipe Neri (+1595), "apóstol de Roma".


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 16,20-23

«En verdad, en verdad os digo
que lloraréis y os lamentaréis,
y el mundo se alegrará.
Estaréis tristes,
pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste,
porque le ha llegado su hora;
pero cuando ha dado a luz al niño,
ya no se acuerda del aprieto
por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora,
pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón
y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día
no me preguntaréis nada.
En verdad, en verdad os digo:
lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La amistad con el Señor no es algo que se pueda dar por supuesto, y no solo por la enemistad del mundo sino porque requiere renacer de verdad, como Jesús le dijo a Nicodemo. Por eso ahora Jesús compara la fe, o dicho de otro modo, el vínculo de confianza con Él, a un parto, que es el fruto de una gestación larga y costosa. La fe no es el resultado imprevisto de quien se cree genial y, por tanto, dispuesto a creer; tampoco es el resultado espontáneo de una situación normal. Podríamos decir que aquí se ve claramente que uno no nace cristiano sino que el cristiano se va construyendo, y con un cierto esfuerzo. De hecho, al igual que en el embarazo la mujer participa personalmente en el crecimiento de una nueva vida que acoge en su seno, pero al mismo tiempo el desarrollo del niño no es fruto de su habilidad o de sus dotes, también la Palabra de Dios, si la acogemos en nuestro corazón, crece y se desarrolla, genera una vida nueva no porque lo merezcamos especialmente o porque seamos mejores, sino porque actúa con fuerza en quien la acoge y la hace actuar, a pesar de las numerosas dificultades. Así pues, no debemos dejarnos abatir por el esfuerzo que a veces nos comporta acoger la Palabra, mientras que es muy fácil dejar que se escurra lejos de nosotros como algo ya sabido o inútil. Este trabajo paciente nos dará una interioridad más profunda, nos dará la capacidad de degustar la dulzura de toda Palabra que nos viene del Evangelio, y también la amargura porque nos obliga a cambiar nuestros pensamientos y nuestras costumbres. Ese es el don del que habla el Evangelio, un don que nadie nos puede negar o quitar porque es fruto de la fidelidad de escuchar que todos podemos vivir, si queremos.


26/05/2017
Memoria de Jesús crucificado


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