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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

En la Basílica de Santa Maria in Trastevere de Roma se reza por los enfermos.
Recuerdo de san Bonifacio, obispo y mártir. Anunció el Evangelio en Alemania y fue asesinado mientras celebraba la Eucaristía (+754)


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 111 (112), 1-6

1 ¡Aleluya!
Alef. ¡Dichoso el hombre que teme a Yahveh,
Bet. que en sus mandamientos mucho se complace!
2 Guímel. Fuerte será en la tierra su estirpe,
Dálet. bendita la raza de los hombres rectos.
3 He. Hacienda y riquezas en su casa,
Vau. su justicia por siempre permanece.
4 Zain En las tinieblas brilla, como luz de los rectos,
Jet. tierno, clemente y justo.
5 Tet. Feliz el hombre que se apiada y presta,
Yod. y arregla rectamente sus asuntos.
6 Kaf. No, no será conmovido jamás,
Lámed. en memoria eterna permanece el justo;

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hoy la liturgia nos propone los seis primeros versículos del Salmo 111 que canta la fecundidad del creyente que permanece anclado a Dios y a su ley. Es una oración que también quiere enseñar a vivir. El salmista empieza proclamando una larga bienaventuranza del creyente: «¡Dichoso el hombre que teme al Señor, que encuentra placer en todos sus mandatos!» (v. 1). El «temor del Señor» es la base de una vida sabia. Lo canta el Salmo anterior (110,10), y ya en el primer Salmo se afirma la bienaventuranza del justo que «no sigue consejos de malvados... sino que se recrea en la ley del Señor» (Sal 1,1-2). Leer asiduamente la Palabra de Dios es fuente de sabiduría y de alegría para el creyente. Y el creyente lo es precisamente porque no se cierra en sus tradiciones individuales ni se abandona a la mentalidad de este mundo, sino que habita la Palabra del Señor para dejar que esta le instruya. Podríamos decir, pues, que el creyente lo es porque, poniéndose en actitud de humilde escucha, se deja instruir por Dios. El mismo san Pablo lo recordará a los romanos: «La fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo» (Rm 10,17). El lazo con la Palabra de Dios genera una fe laboriosa, una fe que cambia el corazón del creyente y también todo cuanto le rodea. En definitiva, la fe tiene un aspecto social que es la fuerza de cambio que la Palabra de Dios lleva a cabo a través del creyente. Un antiguo sabio judío decía: «Si quieres cambiar el mundo, empieza a cambiar tu corazón». Esa es la obra de la fe. Viene a la memoria la parábola final del discurso de la montaña en el que Jesús afirma que quien escucha su Palabra es como el hombre prudente que construye sobre la roca. La fe no permanece cerrada dentro del creyente, sino que hace que el creyente sea origen de nuevas relaciones. El salmista canta: «Su estirpe arraigará con fuerza en el país, la descendencia del justo será bendita» (v. 2). La fe genera un pueblo, teje nuevos lazos entre la gente, salva a los hombres de la esclavitud de la soledad para convertirles en el pueblo del Señor. Y este pueblo será como una casa capaz de acoger y consolar, de albergar y de integrar. Canta el salmista: «Su casa abundará en riqueza y bienestar, se afianzará su justicia para siempre» (v. 3). El pueblo de Dios que nace de la predicación de la Palabra es el lugar de la presencia de Dios entre los hombres, el verdadero templo en el que habitan la misericordia y la piedad del Señor. El creyente se convierte en administrador de la piedad y de la misericordia de Dios. Esa es su alegría. Canta el salmista: «Nunca verá su existencia amenazada, el justo dejará un recuerdo estable» (v. 6).


05/06/2017
Oración por los enfermos


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