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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 145 (146), 1-2.7-10

1 ¡Aleluya!

2 ¡Alaba a Yahveh, alma mía!
7 que hizo los cielos y la tierra,
el mar y cuanto en ellos hay;
que guarda por siempre lealtad,
8 hace justicia a los oprimidos,
da el pan a los hambrientos,
Yahveh suelta a los encadenados.
9 Yahveh abre los ojos a los ciegos,
Yahveh a los encorvados endereza,
Ama Yahveh a los justos,
10 Yahveh protege al forastero,
a la viuda y al huérfano sostiene.
mas el camino de los impíos tuerce;

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La liturgia pone hoy en nuestra boca el Salmo 145. Es uno de los últimos cinco que forman una única recopilación, llamada «el Halel final», caracterizada por la alabanza a Dios. El creyente es la primera de todas las criaturas que debe alabar al Señor. Y debe hacerlo toda su vida: «Al Señor, mientras viva, alabaré, mientras exista tañeré para mi Dios» (v. 2). Sí, solo Dios salva. Por eso debemos guardarnos de confiar en nosotros mismos. Estaríamos perdidos para siempre. Guardémonos de confiar en el hombre, aunque sea poderoso. Por desgracia, confiamos fácilmente solo en nosotros mismos, pensando que los demás no nos entienden, o confiamos en los poderosos, pensando que pueden ser nuestra salvación. Cada vez que lo hemos hecho, hemos constatado la amargura del abandono de los poderosos y la tristeza del fracaso de nuestro orgullo. El salmista nos recuerda que es dichoso quien confía en el Señor: «Feliz quien se apoya en el Dios de Jacob» (v. 5). Y a continuación enumera las obras de Dios que muestran la fuerza de su amor por el hombre con la consiguiente bienaventuranza que vive quien en él confía. Dios –empieza a cantar el salmista– hace justicia a los oprimidos, da el pan a los hambrientos, libera a los prisioneros, devuelve la vista a los ciegos y pone de pie a quien había caído. Y también protege a los extranjeros, ayuda al huérfano y a la viuda y tuerce el camino de los malvados. Escuchando estas palabras oímos el eco casi perfecto de aquellas palabras que Jesús proclamó en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí... me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19). Jesús hace realidad aquel amor que ya reveló el Señor en el Antiguo Testamento: el amor por todos los hombres, empezando por los más pobres y por quien confía en él. El salmista destaca que el Señor «ama a los honrados» (v. 9) y se complace en «quien le teme». Jesús asume esa herencia y la lleva hasta las consecuencias más altas: él mismo va a buscar a los pecadores y llega incluso a amar a quien se declara enemigo suyo. La historia del amor de Dios, que empezó con la misma creación y se reveló cuando Dios eligió al pueblo de Israel, se ilumina en las palabras y en el ejemplo de Jesús. Eso es lo que se nos pide que vivamos y que testimoniemos a los cristianos de hoy.


09/06/2017
Memoria de Jesús crucificado


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