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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 111 (112), 1-4.9

1 Aleluya. ¡Dichoso el hombre que teme al Señor,
  que encuentra placer en todos sus mandatos!

2 Su estirpe arraigará con fuerza en el país,
  la descendencia del justo será bendita.

3 Su casa abundará en riqueza y bienestar,
  se afianzará su justicia para siempre.

4 En las tinieblas ilumina a los justos,
  tierno, clemente y justo.

9 Da con largueza a los pobres,
  su justicia permanece para siempre,
  alzará su frente con honor.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El inicio del Salmo 111 nos recuerda la bienaventuranza del creyente. Él –escribe el salmista– «encuentra placer» en la Palabra de Dios. San Jerónimo explica que la alegría se debe a que el creyente «no observa los mandamientos del Señor con ansiedad, sino que quiere aplicar y los quiere cumplir no de manera transitoria sino más bien total». Además, el creyente es aquel que escucha la Palabra de Dios y la ponte en práctica. La escucha de buen grado y la guarda con atención en su corazón. Debemos hacer crecer la devoción por la Escritura, para que sea el libro de todo creyente, la página que contiene la Palabra de Dios difundida con la palabra humana. En ese mismo sentido podemos leer la bienaventuranza que nace del «temor al Señor» (v. 1). Querría decir que el temor del Señor debe aplicarse también a la veneración que debemos sentir por las Sagradas Escrituras. En ellas se encuentra la Palabra de Dios y es una gran conquista del Concilio Vaticano II haber puesto la Biblia en las manos de los fieles. Pero hay que hacer crecer la devoción por la Escritura. «La Iglesia –se lee en la Dei Verbum– ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo» (21). El creyente debe alimentarse de ellas cada día. San Pablo le recuerda a Timoteo la importancia de la Palabra de Dios para la vida de la comunidad: «Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena» (2 Tm 3,16-17). La comunidad –y el creyente– que se alimenta del Pan de la vida recibirá la fuerza, «su estirpe arraigará con fuerza en el país» (v. 2) y su casa será bendita. Es la bendición de Dios sobre la comunidad que recoge los frutos del trabajo misionero de comunicar a todos el Evangelio del amor. El discípulo que guarda la Palabra en su corazón se vuelve como el Señor, «tierno, clemente y justo» (v. 4). Y el salmista continúa: «Da con largueza a los pobres, su justicia permanece para siempre, alzará su frente con honor» (v. 9). Podríamos decir que el amor por los pobres es la consecuencia directa de escuchar la Palabra de Dios. Quien escucha al Señor tendrá un corazón similar al del Señor, que da abundantemente a los pobres. Toda la tradición de la Iglesia se caracteriza por el amor privilegiado de los discípulos de Jesús hacia los pobres. La Comunidad de Sant’Egidio lo ha convertido en su «secreto», en la razón de su vida. Amar la Palabra de Dios y amar a los pobres son dos caras de la misma moneda. Es imposible separarlas. Es una manera de vivir el cristianismo firmemente arraigada en las Sagradas Escrituras. Y también es la manera más eficaz de testimoniar el amor de Dios por todos y especialmente por los pobres.


21/06/2017
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