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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de Atenágoras (+1972), patriarca de Constantinopla, padre del diálogo ecuménico.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 105 (106), 1-5

1 ¡Dad gracias al Señor, porque es bueno,
  porque es eterna su misericordia!

2 ¿Quién contará las proezas del Señor
  o proclamará toda su alabanza?

3 ¡Dichosos los que guardan el derecho,
  los que practican siempre la justicia!

4 ¡Acuérdate de mí, Señor, hazlo por amor a tu pueblo,
  ven a ofrecerme tu ayuda.

5 Para que vea la dicha de tus elegidos,
  me alegre con la alegría de tu pueblo
  y me felicite con tu heredad!

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Salmo 105, del que hemos leído los primeros versículos, cierra el quinto libro del salterio. El salmista relee la historia de Israel desde un punto de vista concreto, el de las numerosas traiciones que el pueblo de Israel ha hecho contra el Señor. En el salmo anterior, el Salmo 105, el salmista narra la historia de Israel narrando los prodigios del Señor, las intervenciones con las que el Señor liberó a su pueblo de la esclavitud y lo acompañó a lo largo del camino hasta la tierra prometida. Todo el Salmo 105 se presenta por eso como una gran confesión de los pecados del pueblo del Señor. El salmista, de todos modos, abre este canto invitándonos a celebrar la misericordia de Dios: «¡Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia!» (v. 1). La fe bíblica nos dice que el hombre no puede explicar sus pecados sin hablar de la misericordia de Dios. El creyente reconoce su pecado porque compara su maldad con la bondad de Dios. Quien confiesa sus pecados es consciente de que el Señor perdona. El creyente sabe –esa es la sustancia de la fe bíblica y cristiana– que el Señor es misericordioso y que quiere la salvación del pecador, no su muerte. Como canta el Salmo 102, Él «no nos trata según nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas. Como se alzan sobre la tierra los cielos, igual de grande es su amor con sus fieles» (vv. 10-11). Quien tiene miedo de confesar su pecado, quien tiene miedo de abrir su corazón al Señor, quien se cierra en sí mismo, demuestra que no cree en el Señor y en su misericordia sin límites. Tras esta invitación a una confianza total en el Señor, el salmista se pregunta: «¿Quién contará las proezas del Señor?» (v. 2). Es la sorpresa del creyente que, ante la persistencia de su pecado, ve la continuidad del amor del Señor, más allá de la fidelidad de su pueblo. Es cierto que el salmista responde que solo aquellos que actúan con justicia pueden narrar los prodigios del Señor: «¡Dichosos los que guardan el derecho, los que practican siempre la justicia!» (v. 3). Y aún así, también nosotros, pecadores, podemos pedir con confianza: «¡Acuérdate de mí, Señor, hazlo por amor a tu pueblo... Hemos fallado igual que nuestros padres, hemos cometido injusticias e iniquidades» (vv. 4.6). Sí, existe una costumbre al pecado, a la idolatría, al olvido, a pensar solo en uno mismo. Por eso el creyente le pide a Dios que se acuerde de él. Es una oración que encontramos varias veces en la Biblia, sobre todo cuando alguien experimenta el fracaso y la debilidad. En realidad el problema no es que Dios se acuerde de nosotros, sino que nosotros nos acordemos de Dios y de su amor. Somos nosotros, los que nos olvidamos de sus palabras, los que nos centramos tanto en nosotros mismos que dejamos a un lado al Señor hasta vivir sin el recuerdo de su amor sin límites que nunca nos abandona. Y es bueno que de nuestra boca salga cada día nuestra oración al Señor para que se acuerde de nosotros, de su pueblo, de todos los pueblos de la tierra. Y a ese recuerdo el salmista añade: «ven a ofrecerme tu ayuda» (v. 4). La oración por el recuerdo se convierte en invocación para que el Señor visite a su pueblo y traiga la salvación. La invocación al Señor para que baje a visitarnos surge de la experiencia de salvación tanto del pueblo de Israel como de los cristianos. Dios bajó para reunir a su pueblo y librarlo del mal. Es el misterio de la salvación que se hace realidad formando parte del pueblo del Señor. La salvación viene de formar parte de la comunión con Dios y de vivir la alegría de estar con los hermanos. Por eso el salmista, cerrando este inicio del salmo, canta: Visítame con tu salvación «para que vea la dicha de tus elegidos, me alegre con la alegría de tu pueblo y me felicite con tu heredad» (v. 5).


07/07/2017
Memoria de Jesús crucificado


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