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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 90 (91), 1-4.14-15

1 El que habita al amparo del Altísimo
  y mora a la sombra del Todopoderoso,

2 diga al Señor: «Refugio, baluarte mío,
  mi Dios, en quien confío».

3 Pues él te libra de la red del cazador,
  de la peste funesta;

4 con sus plumas te protege,
  bajo sus alas hallas refugio:
  escudo y armadura es su fidelidad.

14 Puesto que me ama, lo salvaré,
  lo protegeré, pues me reconoce.

15 Me llamará y le responderé,
  estaré a su lado en la desgracia,
  lo salvaré y lo honraré.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Salmo 90 es una meditación sobre la confianza en Dios. Un Maestro de sabiduría, al mismo tiempo que tranquiliza al creyente, le muestra el motivo de dicha confianza: «El que habita al amparo del Altísimo (...) mora a la sombra del Todopoderoso» (v. 1). Dios protege a quien está a su sombra, a quien vive en su casa, para que las insidias del mal no le perjudiquen. Y no solo eso. Si el creyente vive en la casa de Dios, si participa en la vida de la comunidad de los discípulos, el Señor lo colma de su sabiduría. No sucede lo mismo con quien vive solo consigo mismo, con quien no mira más allá de sí mismo, de quien es prisionero de sus tradiciones: este está lejos de la sabiduría del Señor y cae en manos del maligno. Quien vive en la casa de Dios sabe que su fuerza es el Señor y confía en él plenamente. El salmista canta: «Diga al Señor: “Refugio, baluarte mío, mi Dios, en quien confío”» (v. 2). Mirar fijamente a Dios es la única manera –afirma el Maestro de sabiduría– de vivir sabiamente la vida y pasar los días sin caer en las tramas que el enemigo sigue preparando. El salmista sigue hablando al creyente y lo exhorta a sentirse seguro: «Pues él te libra de la red del cazador, de la peste funesta, con sus plumas te protege» (v. 3). Nuestro egocentrismo fácilmente nos paraliza, hace que nuestro corazón se enfríe, que no vayamos hacia el Señor, que abandonemos a los hermanos y a los pobres. El cazador del que habla el salmo representa las numerosas tentaciones que sentimos cada uno de nosotros. Sucumbir a ellas significa dejar que prevalezca el mal en nosotros y a nuestro alrededor. Si confiamos en el Señor él nos protegerá. El salmo utiliza una imagen muy hermosa: «Con sus plumas te protege, bajo sus alas hallas refugio, escudo y armadura es su fidelidad» (v. 4). Vienen a la memoria las palabras de Jesús, cuando lloró por Jerusalén porque no había acogido a los profetas: «¡Jerusalén, Jerusalén, la que asesina a los profetas y apedrea a los que le son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido!» (Mt 23,37). Podemos comparar la comunidad con la sombra con la que Dios nos cubre: Dios protege a quien acepta su amor, cubre con su protección a quien acepta su amparo. Se comprende así la insistencia del salmista para que continuemos viviendo en «la casa del Señor», para que participemos en su vida y en su sueño. Aquel que se mantiene unido a la comunidad se mantiene unido al Señor. «Puesto que me ama –continúa el salmo–, lo salvaré, lo protegeré, pues me reconoce» (v. 14). «Reconocer» significa escuchar la Palabra de Dios, vivirla en la comunidad y participar en el sueño del Señor para que su amor sea comunicado a todos los pueblos de la tierra. Este vínculo con el sueño de Dios hará que el Señor escuche nuestra oración, que dirija su mirada hacia nosotros y nos proteja en el camino de la vida: «Me llamará y le responderé, estaré a su lado en la desgracia» (v. 15).


10/07/2017
Memoria de los pobres


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