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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 32 (33), 2-3.10-11.18-19

2 ¡Dad gracias al Señor con la cítara,
  tocad con el arpa de diez cuerdas;

3 cantadle un cántico nuevo,
  acompañad la música con aclamaciones!

10 El Señor frustra el plan de las naciones,
  hace vanos los proyectos de los pueblos;

11 pero el plan del Señor subsiste para siempre,
  sus decisiones de generación en generación.

18 Los ojos del Señor sobre sus adeptos,
  sobre los que esperan en su amor,

19 para librar su vida de la muerte
  y mantenerlos en tiempo de penuria.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Los versículos del Salmo 32 que la liturgia hoy nos hace meditar invitan a los creyentes a alabar al Señor con la cítara, a cantarle con el arpa. Es un tema que encontramos en buena parte del salterio. El salmista invita al pueblo del Señor a cantarle alabanzas, a bendecir su nombre, a darle gracias por sus beneficios, a exaltarlo por lo que ha hecho y continúa haciendo por la salvación de su pueblo. El Señor –canta el salmista– tiene su mirada fija en su pueblo, cada día, para protegerle de las insidias del mal y llevarlo hasta la salvación. De ahí la invitación a la comunidad para que no deje de alabar al Señor y de cantarle «un cántico nuevo» con arpas y cítaras. La oración común que la comunidad celebra en todo el mundo es una respuesta a esa invitación. Se haga donde se haga, es una oración bien preparada, para que sea hermosa, con el coro y con instrumentos y con los salmos, que nos sugieren las palabras y el ritmo de la alabanza. Las oraciones comunes de las comunidades que se celebran en las ciudades de este mundo son realmente como el «cántico nuevo» del que habla el salmo. Reunirse en la oración común, mientras las ciudades están sumidas en la confusión que llega también a nuestro corazón, significa hacer un espacio santo del que se eleva el perfume del incienso de la alabanza al Señor. Él se siente como atrapado por ese perfume y de algún modo agudiza más aún su mirada sobre nosotros y sobre lo que le pedimos. Y se muestra dispuesto a proteger a la comunidad, a proteger la vida de los más débiles y las mismas ciudades de la violencia que muchas veces las destruye. La oración común es fuerte y doblega el corazón mismo de Dios. San Alfonso de Liguori, un gran obispo italiano, hablaba de la oración como de una gran arma. Jesús mismo nos exhorta a no dejar de reunirnos nunca para la oración: «Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos». La oración común es un servicio sacerdotal, es una intercesión poderosa a la que Dios no puede resistir. No hay más que recordar la hermosa oración de Abrahán por la ciudad de Sodoma. Con esa misma fe de Abrahán oramos al Señor por nuestras ciudades. Y cuando oran juntas las comunidades son como los ángeles para las ciudades donde se reúnen. La oración común se parece a aquel movimiento de ángeles del que habla Jesús: «Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar» (Jn 1,51). Sabemos que el Señor guía la historia, por eso nuestra oración siempre va ligada a lo que pasa en la ciudad, en el mundo. El salmista nos recuerda que «el Señor frustra el plan de las naciones, hace vanos los proyectos de los pueblos» (v. 10). Y nosotros oramos para que se detengan las manos de los violentos y se refuercen las de los justos. Y con fe también nosotros decimos con el salmista: «el plan del Señor subsiste para siempre, sus decisiones de generación en generación» (v. 11). Y el amor de Dios no nos abandonará jamás: «Los ojos del Señor sobre sus adeptos, sobre los que esperan en su amor, para librar su vida de la muerte y mantenerlos en tiempo de penuria» (vv. 18-19).


12/07/2017
Memoria de los santos y de los profetas


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