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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

1Reyes 19,9-18

Allí entró en la cueva, y pasó en ella la noche. Le fue dirigida la palabra de Yahveh, que le dijo: "¿Qué haces aquí Elías?" El dijo: "Ardo en celo por Yahveh, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela." Le dijo: "Sal y ponte en el monte ante Yahveh." Y he aquí que Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo: "¿Qué haces aquí, Elías?" El respondió: "Ardo en celo por Yahveh, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela." Yahveh le dijo: "Anda, vuelve por tu camino hacia el desierto de Damasco. Vete y unge a Jazael como rey de Aram. Ungirás a Jehú, hijo de Nimsí, como rey de Israel, y a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá, le ungirás como profeta en tu lugar. Al que escape a la espada de Jazael le hará morir Jehú, y al que escape a la espada de Jehú, le hará morir Eliseo. Pero me reservaré 7.000 en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal, y todas las bocas que no le besaron."

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Como si quisiera envolver el recuerdo de Elías, la Palabra de Dios hoy nos sugiere que meditemos el encuentro con Dios en el Horeb. Elías había pasado toda la noche en una cueva del Horeb, como si quisiera sugerir que es necesario que el hombre entre en sí mismo, en lo más profundo de su corazón, en aquella habitación interior donde puede encontrar al Señor. Estando en la cueva oye la voz de Dios que le pregunta: «¿Qué haces aquí, Elías?». Es una pregunta clara y directa, como la que Dios le hizo a Abrahán después del pecado, o a Caín después de que asesinara su hermano. Elías se siente interpelado directamente y responde al Señor explicándole lo que le ha pasado por obedecer lo que le dijo: «Ardo en celo por el Señor». ¿Quién de nosotros podría responder con tanta inmediatez y sinceridad? Justamente el celo por el Señor es el motivo del peligro del profeta. Pero el Señor no contesta a un Elías que se siente afligido por cómo ha sido tratado. Y el profeta se queda solo, con su silencio: sigue siendo prisionero de él mismo y de su pasado, de sus historias, tal vez heroicas, pero siempre centradas en él mismo. Es cierto que está lleno de pasión por el Señor, pero ha huido de su pueblo. No se puede tener celo por el Señor sin tener el mismo celo por su pueblo, no se puede amar a Dios sin amar también a su pueblo. No se puede separar al Señor de los suyos. Nadie se salva solo. Solo se halla la salvación en la comunión con el pueblo de Dios. El Señor va tras el profeta y le pide que salga al monte. Y entonces «hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas a su paso. Pero en el huracán no estaba el Señor». Pero Elías no salió sino que se quedó dentro de la cueva, cerrado en su horizonte personal. Quizás esperaba que le pasara lo mismo que le pasó a Moisés en el Horeb. Escribe el Éxodo: «hubo truenos y relámpagos. Una densa nube cubría el monte, y podía oírse un fuerte sonido de trompeta... Todo el monte Sinaí humeaba... y retemblaba con violencia» (Ex 19,16-18). Y eso porque «el Señor había descendido sobre él en el fuego». Y también nosotros, evidentemente no porque seamos próximos a Elías sino porque todavía estamos muy ligados a un lenguaje antiguo, pensamos que Dios está presente en las tormentas y en las calamidades naturales. El Señor no está en los terremotos ni en las tormentas, del mismo modo que tampoco está en las guerras y en los conflictos que queman la vida de millones de personas. Dios no vive en estos terremotos que sacuden la tierra, en estos fuegos que devoran a las personas como un infierno. Pero llega una brisa suave que acaricia a Elías. El profeta se cubre rápidamente el rostro con un manto y sale de la cueva. La brisa suave, el soplo del Espíritu, el soplo del amor rompió la coraza de sus defensas y abrió el corazón del profeta de par en par a los horizontes del mundo. La brisa suave es la fuerza débil del amor. Con el amor, con esta fuerza débil se puede reconstruir el tejido rasgado de los hijos de Dios. El Señor está en la brisa suave, está en el amor. Cuando el Señor le repite la pregunta, el profeta contesta con las mismas palabras. Y entonces el mismo Dios le ordena que reanude el camino. Elías todavía debe cumplir su misión para no dejar al pueblo de Dios sin la luz de su Palabra. Evidentemente debe terminar con lo que destruye, pero debe elegir a Eliseo para que continúe su misión.


21/07/2017
Memoria de Jesús crucificado


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