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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 18 (19), 8-11

8 La ley del Señor es perfecta,
  hace revivir;
  el dictamen del Señor es veraz,
  instruye al ingenuo.

9 Los preceptos del Señor son rectos,
  alegran el corazón;
  el mandato del Señor es límpido,
  ilumina los ojos.

10 El temor del Señor es puro,
  estable por siempre;
  los juicios del Señor veraces,
  justos todos ellos,

11 apetecibles más que el oro,
  que el oro más fino;
  más dulces que la miel,
  más que el jugo de panales.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmista, en esta tercera parte del Salmo 18, canta un himno a la Ley del Señor. Esta –afirma con firmeza– «es perfecta» (v. 8). El término «ley» hace referencia a la Torá (que significa «instrucción»), es decir la enseñanza que Dios Dio a su pueblo para que caminara por el camino de la salvación. La palabra «Ley» –en el judaísmo– indica los cinco primeros libros del Antiguo Testamento (el Pentateuco). En estos libros se narra la acción salvadora de Dios y los mandamientos que el Señor da a su pueblo. No es una serie de normas escritas, sino la narración de la alianza de Dios con su pueblo. Con el término «ley» se hace referencia, pues, a la acción salvadora de Dios por Israel y la prescripción de un nuevo camino de obediencia. Así pues, la ley es el camino de la salvación. Es el camino «perfecto», recto, no tortuoso e insidioso como los caminos de los hombres que llevan a la violencia y a la esclavitud. La «Ley» del Señor, en cambio, lleva al pueblo a la salvación. No son normas exteriores, porque la Ley requiere una decisión, una alianza en la que participan visceralmente tanto el Señor como su pueblo. La Ley no está escrita sobre piedras, sino en el corazón de los creyentes. Y es la Ley, lo que los convierte en el pueblo de Dios. La Ley edifica, une a los creyentes con el Señor y, por tanto, entre ellos. Viene a la memoria el episodio del descubrimiento del libro de la Ley durante la época de la reconstrucción, tras el exilio de Babilonia. El libro de Esdras narra el momento en el que lo descubrieron y lo leyeron: «Todo el pueblo se congregó como un solo hombre en la plaza... Todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley» (Ne 8,1.9) Por eso el salmista puede decir que la Ley «hace revivir» y sostiene al pueblo en la alianza. La Ley es límpida e ilumina los ojos, es justa y más apetecible que el oro y más dulce que la miel, canta el salmista. Y sus efectos son buenos: la Ley hace revivir, instruye, alegra el corazón e ilumina la mirada. Cuando Jesús vino a la tierra no negó la Ley, sino que la cumplió. En el discurso de la montaña dijo: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolirlos sino a darles cumplimiento» (Mt 5,17). Y cuando le preguntaron cuál era el mayor de los mandamientos, contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la ley y los profetas» (Mt 22,34-40). Para los cristianos toda la Ley se resume en estos dos grandes mandamientos que caracterizaron la vida de Jesús y la de sus discípulos. Al inicio de este nuevo milenio, se nos confía también a nosotros esta Ley para que pueda continuar dando frutos de justicia, de paz y de amor.


28/07/2017
Memoria de Jesús crucificado


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