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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de Yaguine y Fodé, dos jóvenes de 15 y 14 años de Guinea que murieron de frío en 1999 en el tren de aterrizaje de un avión en el que se habían escondido para llegar a Europa, donde soñaban poder estudiar. Recuerdo del beato Ceferino Jiménez Malla, mártir gitano ejecutado en España en 1936.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 98 (99), 5-9

5 Exaltad al Señor, nuestro Dios,
  postraos ante el estrado de sus pies:
  Él es santo.

6 Moisés y Aarón entre sus sacerdotes,
  Samuel entre los que invocaban su nombre,
  invocaban al Señor y él les respondía.

7 Les habló desde la columna de nube
  y ellos guardaban su pacto,
  la ley que él les entregó.

8 Señor, Dios nuestro, tú les respondías,
  eras para ellos un Dios de perdón,
  aunque vengabas sus delitos.

9 Exaltad al Señor, nuestro Dios,
  postraos en su monte santo:
  santo es el Señor, nuestro Dios.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Salmo 98 cierra los «himnos al Señor rey» y al igual que los otros se caracteriza por ciertos rasgos teofánicos: Dios está sentado sobre querubines, tiemblan los pueblos y la tierra vacila. La insistencia en la grandeza de Dios impulsa al creyente a alabarlo, a exaltarlo y a postrarse a los pies de su trono. «Reina el Señor, tiemblan los pueblos» (v. 1), canta el salmista, quizás al término de una procesión en honor del Señor rey. Su fuerza se manifiesta en el amor por la justicia (v. 4). Por eso Él es santo y nosotros sus criaturas reconocemos su grandeza y nos postramos ante él. Y naturalmente se complace con aquellos que la ponen en práctica, como Moisés, Aarón y Samuel. Estos invocan al Señor y él les responde; habla con ellos y ellos obedecen; les perdona aunque no deja de castigar sus culpas. Lo que se ve claro en el salmo es la relación entre la realeza de Dios y su santidad. La proclamación «Él es santo» interrumpe tres veces el salmo. El adjetivo «santo» significa «separado», es decir, Otro. Pero el Dios santo (separado) es el mismo de la Alianza. Lo que lo hace «santo» es su infinito amor. Y en esa misma santidad Dios quiere acoger al hombre. Pero su santidad, que indica su alteridad, no significa distancia de nosotros. Al contrario, precisamente en la santidad nos comunica su amor y nos pide que le imitemos. En el Levítico pide nuestra santidad: «El Señor dijo a Moisés: “Di a toda la comunidad de los israelitas: sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”» (19,1-2). La santidad no es más que pertenecer plenamente al Señor, vivir la comunión con él. No es un atributo moral. «Santo» es el hombre (o el pueblo) que se pone de parte de Dios separándose de la idolatría del mundo. La santidad separa del destino triste del mundo y lo lleva a pertenecer al Señor. Evidentemente eso no significa desinterés por el mundo. La santidad, al contrario, hace que el creyente en su totalidad se ponga al servicio del hombre, imitando así al Señor que ama al hombre con un amor generoso, fiel e incluso celoso. La santidad del hombre se define según el modelo de la santidad de Dios: «Seréis santos, porque santo soy yo». El ejemplo perfecto de la santidad nos lo dio Jesús, que mostró su realeza amando sin límites a todos los hombres. Vino para servir y no para ser servido: lavó los pies a los discípulos viviendo en su comunidad como el que sirve; y en la cruz manifiesta el culmen de su amor y, por tanto, de su realeza. Cuando el evangelista Lucas reproduce las palabras de la condena a muerte («Este es el rey de los judíos») afirma que precisamente en la cruz es donde se manifiesta la realeza de Jesús en todo su esplendor.


02/08/2017
Memoria de los santos y de los profetas


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