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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 80 (81), 3-6.10-11

3 ¡Tañed, tocad el tamboril,
  la melodiosa cítara y el arpa;

4 tocad la trompeta por el nuevo mes,
  por la luna llena, que es nuestra fiesta!

5 Porque es una ley para Israel,
  una norma del Dios de Jacob;

6 un dictamen que impuso a José
  al salir del país de Egipto.
  Se oye una lengua desconocida.

10 No tendrás un dios extranjero,
  no adorarás a un dios extraño.

11 Yo soy el Señor, tu Dios,
  que te saqué del país de Egipto;
  abre tu boca y yo la llenaré.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo, que se canta en la fiesta litúrgica de conmemoración del camino de Israel en el desierto, empieza con una exhortación a la alegría: «¡Tañed, tocad el tamboril, la melodiosa cítara y el arpa; tocad la trompeta por el nuevo mes, por la luna llena, que es nuestra fiesta!» (vv. 3-4). Pero inmediatamente después, continuando la lectura del salmo, aparece un predicador que hace una grave advertencia al pueblo reunido en asamblea: «Escucha, pueblo mío, te conjuro, ¡ojalá me escucharas, Israel! No adorarás a un dios extraño No tendrás un dios extranjero, Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué del país de Egipto» (vv. 9-11). No es casual que la advertencia empiece con el imperativo «escucha». Escuchar es la primera actitud que debemos asumir ante el Señor. El creyente es aquel que escucha la Palabra de Dios, y no se escucha a sí mismo ni a la mentalidad corriente. «La fe viene de la predicación», afirma el apóstol Pablo (Rm 10,17). Creemos que ya escuchamos, y no nos interrogamos sobre este pilar de nuestra relación con Dios. Por desgracia pasa muchas veces lo que recuerda el salmo: «Pero mi pueblo no me escuchó, Israel no me obedeció» (v. 12). Sabemos por experiencia propia que es muy fácil no escuchar la Palabra de Dios y seguirnos a nosotros mismos. La raíz de muchos pecados es la testarudez y el orgullo con los que nos escuchamos a nosotros mismos en lugar de escuchar al Señor que nos habla con amor y paciencia. El salmo nos pide decidir a quién queremos escuchar: ¿al Señor o a los ídolos, que muchas veces coinciden con nosotros mismos? Y Dios, que respeta nuestra libertad, no puede continuar hablándonos porque nosotros no dejamos que él nos guíe. El salmista le recuerda a Israel quién es este Dios al que hemos de escuchar: es aquel que lo sacó de Egipto. Es decir, su único liberador y salvador. Recordando nuestra historia de liberación sabremos renovar cada día nuestra escucha y volver a cantar la alabanza del Señor con alegría junto a la comunidad de los hermanos.


04/08/2017
Memoria de Jesús crucificado


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