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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Maximiliano Kolbe, sacerdote mártir del amor que en 1941 en el campo de concentración de Auschwitz aceptó morir para salvar la vida de otro hombre.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 2,37-48

Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» Pedro les contestó: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro.» Con otras muchas palabras les conjuraba y les exhortaba: «Salvaos de esta generación perversa.» Los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas 3.000 almas. Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. El temor se apoderaba de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y señales. Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Las palabras del apóstol Pedro, penetrantes como la lengua de fuego que se había encendido sobre su cabeza, tocaron el corazón de los que escuchaban, que, dicen los Hechos, tenían «el corazón compungido». Esa es la tarea que debe proponerse cada predicación: llegar al corazón de quien escucha y hacer que esté compungido, es decir, plantearle preguntas, conmoverlo, corregirlo, inquietarlo y cambiarlo. El apóstol Pablo, más adelante, dirá que la Palabra de Dios es como una espada de doble hoja que penetra hasta lo más profundo del corazón. Los que escuchaban a Pedro sintieron que les tocaba el corazón y le hicieron una pregunta, simple pero fundamental: «¿Qué hemos de hacer?». Es la pregunta que debe suscitar toda predicación. El Evangelio no debe simplemente sorprender –no nos movemos en el plano de la psicología– sino que debe suscitar en el corazón una pregunta histórica, de cambio real. Por eso: «¿Qué debemos hacer?». La respuesta del apóstol fue igualmente clara: «Creed en el Evangelio y poneos a salvo de esta generación perversa». El apóstol no hace la típica y cansina condena del mundo presente, nostálgica de los tiempos antiguos, que eran mejores. Pedro propone el Evangelio como levadura de una nueva sociedad, como energía que lleva a concebir y a vivir de manera nueva las relaciones entre los hombres. El Evangelio, efectivamente, no tiene la pretensión de dictar un programa socialmente perfecto ni de construir una sociedad cristiana ya bien delineada. La pretensión del Evangelio es mucho más simple por un lado y mucho más profunda por el otro: el Evangelio pide la conversión de nuestro corazón. Cambiando el corazón empieza a cambiar el mundo. Lo hacen hombres y mujeres que tienen un corazón que ya no es de piedra, ya no está dominado por su egocentrismo, sino que está lleno de aquel amor que lleva a dar la vida por los demás. Quien acoge el Evangelio ya no es esclavo de la soledad y del egoísmo, sino que participa en la victoria del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. Lucas destaca que «los que acogieron su palabra (la de Pedro) fueron bautizados. Y aquel día se les unieron unas tres mil personas» (v. 41). El Evangelio generaba la comunidad. Y queda bien claro qué es lo que caracterizaba aquella nueva comunidad: escuchar las enseñanzas de los apóstoles, vivir la unión fraterna, partir el pan, compartir la oración y repartir los bienes. Es la descripción sintética, pero normativa, de toda comunidad cristiana de ayer y de hoy. Toda generación cristiana, incluida la nuestra, está llamada a medirse con esta página de los Hechos. Y cuando se habla de re-forma de la Iglesia, se alude, precisamente a recuperar aquella «forma» que tenía la primera Iglesia. Es la profecía que los Hechos continúan proponiéndonos para que también nosotros podamos hacerla realidad.


14/08/2017
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