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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 14,8-18

Había allí, sentado, un hombre tullido de pies, cojo de nacimiento y que nunca había andado. Este escuchaba a Pablo que hablaba. Pablo fijó en él su mirada y viendo que tenía fe para ser curado, le dijo con fuerte voz: «Ponte derecho sobre tus pies.» Y él dio un salto y se puso a caminar. La gente, al ver lo que Pablo había hecho, empezó a gritar en licaonio: «Los dioses han bajado hasta nosotros en figura de hombres.» A Bernabé le llamaban Zeus y a Pablo, Hermes, porque era quien dirigía la palabra. El sacerdote del templo de Zeus que hay a la entrada de la ciudad, trajo toros y guirnaldas delante de las puertas y a una con la gente se disponía a sacrificar. Al oírlo los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus vestidos y se lanzaron en medio de la gente gritando: «Amigos, ¿por qué hacéis esto? Nosotros somos también hombres, de igual condición que vosotros, que os predicamos que abandonéis estas cosas vanas y os volváis al Dios vivo que hizo el cielo, la tierra, el mar y cuanto en ellos hay, y que en las generaciones pasadas permitió que todas las naciones siguieran sus propios caminos; si bien no dejó de dar testimonio de sí mismo, derramando bienes, enviándoos desde el cielo lluvias y estaciones fructíferas, llenando vuestros corazones de sustento y alegría...» Con estas palabras pudieron impedir a duras penas que la gente les ofreciera un sacrificio.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Entre los que escuchan a Pablo en Listra, la ciudad donde se había refugiado tras huir de Iconio, hay un tullido de nacimiento. Pablo, siguiendo el ejemplo de Jesús, mira a los ojos a aquel hombre y lee en lo más hondo de su corazón una aspiración sencilla pero fundamental: el deseo de caminar. El apóstol interrumpe inmediatamente la predicación, o mejor dicho, la hace realidad. Se dirige a aquel hombre y le dice con decisión: «Ponte derecho sobre tus pies». Al entrar en aquel hombre falto de fuerza, aquellas palabras fuertes hicieron que se pusiera en pie. El cojo –indica Lucas– «se levantó de un salto y se puso a caminar». El Evangelio hace que los hombres se curen de su parálisis, devuelve la robustez a unas piernas agarrotadas por el amor a uno mismo y devuelve la dignidad de estar «sobre los pies» y de dejar de ser esclavo de todos los espíritus malignos de este mundo. Pedro había hecho lo mismo con el tullido que se sentaba a la puerta Hermosa del templo para pedir limosna. Y también lo pueden hacer los discípulos de todos los tiempos –incluidos los de hoy– que confían en la Palabra del Señor. Muchas veces nosotros, creyentes de última hora, despreciamos aquel «poder» de curar que el Señor nos ha confiado. Aquel presunto racionalismo que a veces aducimos no es más que el revestimiento de nuestra poca fe con el que humillamos las palabras evangélicas que el Señor continúa dándonos. Los presentes, al ver el milagro de aquel hombre que se pone en pie de un salto, piensan que Bernabé y Pablo son dioses y corren hacia ellos para exaltarlos. Los dos discípulos saben que es el Señor, el que actúa, aunque lo haga a través de ellos. El milagro, efectivamente, no es obra de los hombres sino del Evangelio, de aquel pequeño libro que es fuente de vida para los discípulos y para todo aquel que lo escucha.


06/10/2017
Memoria de Jesús crucificado


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