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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

En la Basílica de Santa Maria in Trastevere de Roma se reza por la paz.
Recuerdo de la deportación de los judíos de Roma en 1943 durante la Segunda Guerra Mundial.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 16,11-26

Nos embarcamos en Tróada y fuimos derechos a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis; de allí pasamos a Filipos, que es una de las principales ciudades de la demarcación de Macedonia, y colonia. En esta ciudad nos detuvimos algunos días. El sábado salimos fuera de la puerta, a la orilla de un río, donde suponíamos que habría un sitio para orar. Nos sentamos y empezamos a hablar a las mujeres que habían concurrido. Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura, natural de la ciudad de Tiatira, y que adoraba a Dios, nos escuchaba. El Señor le abrió el corazón para que se adhiriese a las palabras de Pablo. Cuando ella y los de su casa recibieron el bautismo, suplicó: «Si juzgáis que soy fiel al Señor, venid y quedaos en mi casa.» Y nos obligó a ir. Sucedió que al ir nosotros al lugar de oración, nos vino al encuentro una muchacha esclava poseída de un espíritu adivino, que pronunciando oráculos producía mucho dinero a sus amos. Nos seguía a Pablo y a nosotros gritando: «Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, que os anuncian un camino de salvación.» Venía haciendo esto durante muchos días. Cansado Pablo, se volvió y dijo al espíritu: «En nombre de Jesucristo te mando que salgas de ella.» Y en el mismo instante salió. Al ver sus amos que se les había ido su esperanza de ganancia, prendieron a Pablo y a Silas y los arrastraron hasta el ágora, ante los magistrados; los presentaron a los pretores y dijeron: «Estos hombres alborotan nuestra ciudad; son judíos y predican unas costumbres que nosotros, por ser romanos, no podemos aceptar ni practicar.» La gente se amotinó contra ellos; los pretores les hicieron arrancar los vestidos y mandaron azotarles con varas. Después de haberles dado muchos azotes, los echaron a la cárcel y mandaron al carcelero que los guardase con todo cuidado. Este, al recibir tal orden, los metió en el calabozo interior y sujetó sus pies en el cepo. Hacia la media noche Pablo y Silas estaban en oración cantando himnos a Dios; los presos les escuchaban. De repente se produjo un terremoto tan fuerte que los mismos cimientos de la cárcel se conmovieron. Al momento quedaron abiertas todas las puertas y se soltaron las cadenas de todos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El apóstol Pablo entra por primera vez en Europa. Era alrededor del año 50. Lo hace porque siente la llamada del «Espíritu de Jesús». Podríamos decir que Europa esperaba el Evangelio, como demostró el grito del macedonio. En realidad, ya había en Roma seguidores de Jesús, probablemente de origen judío, como recuerdan los mismos Hechos de los Apóstoles el día de Pentecostés. Pero en la narración de Lucas, Filipos es la primera etapa del largo itinerario con el que Pablo llevará la Palabra de Dios a Roma. En este punto el texto continúa con el «nosotros» sugiriendo así que Lucas se sumó a la misión del apóstol y de Silas. Reciben a Pablo en Filipos un grupo de mujeres, encabezadas por Lidia, una comerciante de telas que adoraba a Dios. Esta, tras escuchar a Pablo, se convierte y pide ser bautizada. La predicación del Evangelio era eficaz y provocaba cambios profundos en la gente. Hay que destacar que la predicación evangélica actuaba desde el corazón de la gente. Sucedió también con una esclava que con sus oráculos proporcionaba mucho dinero a sus amos. Pablo la liberó. Y cambió de vida. Como era evidente, el Evangelio provocaba cambios profundos, pero no a través de influencias directas en el plano político, económico o social. El Evangelio operaba convirtiendo el corazón de la gente, que empezaba a comportarse de manera distinta. Por eso la predicación no quedaba cerrada en las casas e inmediatamente tenía repercusiones también en el plano social. Pues bien, aquellos cambios provocaron la reacción de quienes habían convertido la explotación en su modus vivendi. Al ver peligrar sus intereses levantaron a toda la ciudad contra Pablo y Silas, que fueron arrestados. La predicación del Evangelio siempre topa con alguien que quiere encadenarla. Pero los discípulos de Jesús saben que el Evangelio es más fuerte que las cadenas. Sucedió que mientras Pablo y Silas estaban orando un terremoto abrió las puertas de la cárcel y soltó las cadenas de sus pies y sus muñecas. Son las señales de la liberación de toda esclavitud que se produce siempre que confiamos en el Señor.


16/10/2017
Oración por la Paz


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