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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo del histórico encuentro de Asís (1986) en el que Juan Pablo II invitó a representantes de todas las confesiones cristianas y de las grandes religiones mundiales a rezar por la paz.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 20,1-16

Cuando hubo cesado el tumulto, Pablo mandó llamar a los discípulos, los animó, se despidió de ellos y salió camino de Macedonia. Recorrió aquellas regiones y exhortó a los fieles con largos discursos; después marchó a Grecia. Pasó allí tres meses. Los judíos tramaron una conjuración contra él cuando estaba a punto de embarcarse para Siria; entonces él tomó la determinación de volver por Macedonia. Le acompañaban Sópatros, hijo de Pirro, de Berea; Aristarco y Segundo, de Tesalónica; Gayo, de Doberes, y Timoteo; Tíquico y Trófimo, de Asia. Estos se adelantaron y nos esperaron en Tróada. Nosotros, después de los días de los Azimos, nos embarcamos en Filipos y al cabo de cinco días nos unimos a ellos en Tróada donde pasamos siete días. El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para la fracción del pan, Pablo, que debía marchar al día siguiente, conversaba con ellos y alargó la charla hasta la media noche. Había abundantes lámparas en la estancia superior donde estábamos reunidos. Un joven, llamado Eutico, estaba sentado en el borde de la ventana; un profundo sueño le iba dominando a medida que Pablo alargaba su discurso. Vencido por el sueño se cayó del piso tercero abajo. Lo levantaron ya cadáver. Bajó Pablo, se echó sobre él y tomándole en sus brazos dijo: «No os inquietéis, pues su alma está en él.» Subió luego; partió el pan y comió; después platicó largo tiempo, hasta el amanecer. Entonces se marchó. Trajeron al muchacho vivo y se consolaron no poco. Nosotros nos adelantamos a tomar la nave y partimos hacia Asso, donde habíamos de recoger a Pablo; así lo había él determinado; él iría por tierra. Cuando nos alcanzó en Asso, le tomamos a bordo y llegamos a Mitilene. Al día siguiente nos hicimos a la mar y llegamos a la altura de Quíos; al otro día atracamos en Samos y, después de hacer escala en Trogilión, llegamos al día siguiente a Mileto. Pablo había resuelto pasar de largo por Éfeso, para no perder tiempo en Asia. Se daba prisa, porque quería estar, si le era posible, el día de Pentecostés en Jerusalén.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El tumulto que se produjo en Éfeso hace que Pablo se vaya de la ciudad. Empieza así su tercer viaje con la intención de visitar las comunidades cristianas que había fundado (estamos a finales del año 57). Pablo, con todo, no se va como un héroe solitario, con sus fuerzas y su fama. Tiene consigo a hermanos que lo acompañan en su ministerio y en su viaje. También Jesús, destacan los evangelistas y especialmente Lucas, tenía consigo a un grupo de hombres y mujeres que lo seguían allí donde iba. Es decir, la Iglesia es desde sus inicios una comunidad de hermanos y hermanas que viven juntos la misma vida y la misma pasión apostólica. El mismo objetivo de la predicación evangélica no era simplemente proclamar la verdad, sino más bien edificar la comunidad alrededor de la Palabra de Dios y de la eucaristía. La aparición de comunidades cristianas en el tejido de las ciudades era una prueba de la eficacia de la resurrección: los que acogían el Evangelio quedaban libres de la soledad y de la tristeza del abandono, y pasaban a formar parte de la comunidad de discípulos del Resucitado. Por eso el apóstol en muchas ciudades no se limitaba a predicar simplemente el Evangelio, sino que formaba comunidades de discípulos que perseveraban en la escucha de la Palabra de Dios, en la vida fraterna y en el amor por los pobres. Esa era la esencia de las comunidades cristianas de Antioquía, de Corinto, de Filipos, de Éfeso... En definitiva, no somos cristianos solos, como afirma también el Vaticano II en la Constitución sobre la Iglesia. El autor de los Hechos, en este pasaje, recuerda una liturgia que se celebró en Tróade, donde Pablo resucita a un muchacho llamado Eutico que, dominado por el sueño cayó por la ventana. Se podría decir que la divina liturgia siempre es celebración de la resurrección a la nueva vida. En ella la comunidad es reconstruida en un único Cuerpo porque escucha la misma Palabra y se alimenta del único Pan.


27/10/2017
Memoria de Jesús crucificado


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