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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 20,22-24

«Mirad que ahora yo, encadenado en el espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber lo que allí me sucederá; solamente sé que en cada ciudad el Espíritu Santo me testifica que me aguardan prisiones y tribulaciones. Pero yo no considero mi vida digna de estima, con tal que termine mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido del Señor Jesús, de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo confía a los ancianos de Éfeso que irá a Jerusalén, no por capricho suyo sino por el impulso del Espíritu. No prevé lo que le pasará. Lo que sí sabe es que el servicio del Señor comporta oposición y pruebas. Con una terminología religiosa habla de «tribulaciones», es decir, de una situación crítica a causa de la fe en el Señor. Y también hace referencia a los peligros mortales como apuntará en la segunda carta a los Corintios: «No queremos que lo ignoréis, hermanos: la tribulación sufrida en Asia nos abrumó hasta el extremo; superó de tal modo nuestras fuerzas, que perdimos la esperanza de conservar la vida. Hemos sentido la amenaza de la muerte, pero eso ha servido para que no pongamos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos» (2Co 1,8-9). Lucas sitúa en Éfeso una de las historias más dramáticas de Pablo cuando está a punto de ser linchado en el teatro donde se ha congregado la población de la ciudad instigada por el jefe de los plateros, Demetrio. Pablo, sin embargo, sabe que comunicar el Evangelio desencadena una hostilidad de las fuerzas del mal. Escribe en la segunda a los Corintios: «Vivimos siempre apretados, pero no aplastados; apurados, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no rematados. Llevamos siempre en nuestros cuerpos, por todas partes, la muerte de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Co 4,8-11). Por otra parte, el Evangelio nunca puede ser totalmente contemporáneo a la vida de los hombres; siempre chocará con la mentalidad egocéntrica del mundo. El creyente debe ser consciente de la obligación que tiene, tal vez más aún que ayer, de conservar el carácter paradójico de su vida respecto a la mentalidad corriente. Existe, en definitiva, una «alteridad» del Evangelio que no se puede suprimir, so pena de su desaparición. Un Evangelio diluido no vivifica, no sirve a nadie. Podemos decir que el «martirio» es fundamental para el Evangelio. Albert Schweitzer, el conocido biblista protestante del siglo pasado que se fue a vivir a una leprosería de África, escribía: «Tenemos que ser capaces de volver a sentir en nosotros lo que Jesús tiene de heroico... Solo entonces nuestro cristianismo y nuestra concepción del mundo recuperarán la heroicidad y se vivificarán». Ser «mártir», decía monseñor Romero, significa «dar la vida» por el Señor y por los demás, no importa si es con la sangre o de otro modo. Lo importante es gastarse totalmente para comunicar el Evangelio. Eso mismo es lo que sugiere el apóstol cuando afirma que su vida no es digna de estima. Lo importante es llevar a cabo el anuncio del Evangelio.


31/10/2017
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