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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

En la Basílica de Santa Maria in Trastevere de Roma se reza por los enfermos.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 20,33-38

«Yo de nadie codicié plata, oro o vestidos. Vosotros sabéis que estas manos proveyeron a mis necesidades y a las de mis compañeros. En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir.» Dicho esto se puso de rodillas y oro con todos ellos. Rompieron entonces todos a llorar y arrojándose al cuello de Pablo, le besaban, afligidos sobre todo por lo que había dicho: que ya no volverían a ver su rostro. Y fueron acompañándole hasta la nave.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo, terminando su discurso a los ancianos de Éfeso, les recuerda su relación personal con los pobres: les ayudaba con el trabajo de sus manos. No solo no deseó riqueza alguna para él, sino que se sostuvo con el trabajo de sus propias manos. Demostró que de ese modo es posible ayudar a aquellos que viven en la pobreza. Para el apóstol es un deber primario del cristiano «socorrer a los débiles». Es la primera vez que en el Nuevo Testamento se utiliza el término «débil» (asténos, es decir, sin fuerza, sin vigor) para indicar genéricamente a los pobres. Podríamos decir que aquí Lucas de algún modo sintetiza toda su doctrina sobre la misericordia. El verbo «socorrer» significa «ocuparse de», sentirse personalmente responsable de los más débiles. San Basilio, comentando esta página de los Hechos, la compara a la de Mateo sobre el juicio universal. Pero aquí Lucas añade un espléndido «dicho» de Jesús con el que Pablo resume la vida del creyente: «Mayor felicidad hay en dar que en recibir». Con el término griego makàrion (beato), Pablo une este dicho a las bienaventuranzas evangélicas. La traducción literal dice así: «Bienaventurado quien da, no quien recibe». Y podemos asociar esta frase a otra frase evangélica: «Dad y se os dará» (Lc 6,38). La Didajé, efectivamente, incluye esta enseñanza cuando escribe: «Da a quien te pida, y no esperes restitución. El Padre quiere que todos tengan sus dones. Bienaventurado quien da, según el precepto, porque este es incensurable». En definitiva, quien da algo a alguien está siempre seguro de hacer el bien y, por tanto, de servir a Dios. Por el contrario, la Didajé añade: «¡Ay de quien recibe! Si acepta por necesidad no tiene culpa, pero si no tiene necesidad, será castigado tanto por el motivo como por el objetivo por los que ha aceptado». Se trata de una invitación a estar atentos a los necesitados, porque lo superfluo les corresponde. Esta doctrina tendrá una gran recepción entre los Padres. El apóstol, refiriendo este dicho de Jesús, aclaró una vez más que el corazón del Evangelio es el amor privilegiado de Dios por los pobres. Y resalta la consecuencia de ello para los discípulos. Nuestra felicidad consiste más en dar que en recibir. Lo puede decir quien, aunque sea solo un poco, gasta su vida para ayudar a los débiles.


06/11/2017
Oración por los enfermos


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