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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma

Homilía

La liturgia de este domingo sigue desarrollando el misterio de la manifestación del Señor que hemos celebrado a lo largo de todo el tiempo de Navidad hasta la Epifanía. Antiguamente, la liturgia de este día hacía cantar: «Hoy la Iglesia se une al Esposo celeste: sus pecados son lavados por Cristo en el Jordán, los Magos acuden a las bodas reales llevando regalos, el agua se ha transformado en vino en Caná y los invitados al banquete exultan de gozo. Aleluya». En realidad se puede decir que cada domingo celebramos el misterio de la epifanía del Señor: en efecto, él se nos manifiesta en la Santa Liturgia Eucarística con los rasgos del resucitado, del que ha vencido el mal y la muerte y ha convertido la soledad en comunión y la tristeza en gozo. Cada domingo es Pascua, que es el momento de la más alta epifanía del Señor. Y en el día del Señor nos sustraemos de nuestras casas y de nuestros ritmos cotidianos para ser admitidos ante la presencia de Dios, para escuchar su palabra, para dirigirle nuestra oración y para gustar de la dulzura de su mesa. Se actualiza lo que sucede en Caná de Galilea. Hasta la indicación temporal del acontecimiento –se produce al final de la semana– nos ayuda a comprender el sentido eucarístico del milagro de Caná. El Evangelista recuerda que en los días precedentes Jesús estuvo con Juan Bautista en el Jordán, en el cuarto día llamó a los primeros discípulos y en el séptimo acude precisamente a Caná para participar en la fiesta de bodas de dos amigos. Al escribir que: «Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea», el evangelista une el final de la semana con la Pascua, el inicio de una nueva creación. El signo de Caná, por tanto, va mucho más allá del recuerdo del matrimonio. Lo que sucede en Caná une el reposo de la creación y el inicio del tiempo nuevo del Señor resucitado. Caná es la fiesta del cambio, es el día del renacimiento, es el día de la alegría de estar con el Señor, es el Domingo, el día de nuestra fiesta, el día en que somos reunidos y –como escribe el profeta Isaías– nos convertimos en «corona de adorno en la mano del Señor, y tiara real en la palma de tu Dios. No se dirá de ti jamás “Abandonada”, ni de tu tierra se dirá jamás “Desolada”, sino que a ti se te llamará “Mi Complacencia”, y a tu tierra, “Desposada”. Porque el Señor se complacerá en ti, y tu tierra será desposada» (Is 62,3-4). Deberíamos redescubrir en esta perspectiva la gracia del Domingo, el día en que el Señor nos toma de la mano como el esposo a la esposa el día del matrimonio.
El pasaje evangélico de Caná es quizá uno de los que mejor conocemos. Todos recordamos a la madre de Jesús que es la única en darse cuenta de que se está acabando el vino. No está preocupada por ella o por su imagen. Sus ojos y su corazón miran y se preocupan de que todos sean felices, de que aquella fiesta no se vea turbada. La preocupación por aquellos jóvenes la empuja a dirigirse al Hijo para que intervenga: «No tienen vino». María sentía también suya aquella fiesta, sentía también suya la alegría de aquellos dos jóvenes esposos. El sentido profundo de las palabras de María es aún más personal de lo que a primera vista puede parecer. En realidad ella dice: «nosotros no tenemos vino». Es una actitud que deberíamos hacer nuestra cada día ante las muchas personas que necesitan ayuda, misericordia, perdón, amistad, solidaridad. ¿Cuándo podrán todas estas personas ver también ellas el milagro de Caná? ¿Cuándo podrá el Señor realizar para ellos el «signo» que salvó la fiesta aquel día en Caná? También hoy se necesitan los «signos» del Señor que manifiesten su fuerza de cambio. En Caná María indica el camino a los siervos: «haced lo que él os diga». Es el camino simple de la escucha del Evangelio que se nos indica también a nosotros, siervos del último momento. Es un camino que todos estamos invitados a recorrer. El cristiano es el que obedece al Evangelio, como hicieron aquellos siervos. Y la Iglesia, imitando a María, no deja de repetirnos: «haced lo que él os diga». A partir de la obediencia al Evangelio empiezan los signos del Señor, sus milagros en medio de los hombres.
El mandamiento que los siervos reciben de Jesús es singular: «Llenad las tinajas de agua». Es una invitación simple, tan simple que casi nos empuja a no hacerla: ¿qué tiene que ver el agua en las tinajas con la falta de vino? Ellos no comprenden hasta el fondo el sentido de aquellas palabras, pero obedecen. Con frecuencia también a nosotros nos sucede que no comprendemos bien el sentido de las palabras evangélicas. Lo que cuenta es la obediencia al Señor. Él realizará el milagro. Después de haber llenado las tinajas, los siervos son invitados a llevar a la mesa cuanto han introducido en las tinajas. También este mandato resulta extraño. Pero obedecen una vez más. Y la fiesta se salva. Más aún, se podría decir que acaba in crescendo, como reconoce el mismo maestresala: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora». Así comenzó Jesús sus milagros en Caná de Galilea, advierte el evangelista. Hemos asemejado nuestros domingos al día de Caná, y podríamos comparar las seis tinajas de piedra con los seis días de nuestra semana. Llenémoslos como hicieron los siervos con la Palabra del Evangelio, dejemos que esta palabra ilumine nuestros días: serán más dulces y hermosos. Caná puede ser verdaderamente la fiesta del Domingo que, a través del don del Evangelio, nos permite conservar el vino bueno del Señor durante toda la semana.


20/01/2013
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