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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 17,1-14

Atravesando Anfípolis y Apolonia llegaron a Tesalónica, donde los judíos tenían una sinagoga. Pablo, según su costumbre, se dirigió a ellos y durante tres sábados discutió con ellos basándose en las Escrituras, explicándolas y probando que Cristo tenía que padecer y resucitar de entre los muertos y que «este Cristo es Jesús, a quien yo os anuncio». Algunos de ellos se convencieron y se unieron a Pablo y Silas así como una gran multitud de los que adoraban a Dios y de griegos y no pocas de las mujeres principales. Pero los judíos, llenos de envidia, reunieron a gente maleante de la calle, armaron tumultos y alborotaron la ciudad. Se presentaron en casa de Jasón buscándolos para llevarlos ante el pueblo. Al no encontrarlos, arrastraron a Jasón y a algunos hermanos ante los magistrados de la ciudad gritando: «Esos que han revolucionado todo el mundo se han presentado también aquí, y Jasón les ha hospedado. Además todos ellos van contra los decretos del César y afirman que hay otro rey, Jesús.» Al oír esto, el pueblo y los magistrados de la ciudad se alborotaron. Pero después de recibir una fianza de Jasón y de los demás, les dejaron ir. Inmediatamente, por la noche, los hermanos enviaron hacia Berea a Pablo y Silas. Ellos, al llegar allí, se fueron a la sinagoga de los judíos. Estos eran de un natural mejor que los de Tesalónica, y aceptaron la palabra de todo corazón. Diariamente examinaban las Escrituras para ver si las cosas eran así. Creyeron, pues, muchos de ellos y, entre los griegos, mujeres distinguidas y no pocos hombres. Pero cuando los judíos de Tesalónica se enteraron de que también en Berea había predicado Pablo la Palabra de Dios, fueron también allá, y agitaron y alborotaron a la gente. Los hermanos entonces hicieron marchar a toda prisa a Pablo hasta el mar; Silas y Timoteo se quedaron allí.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo llega a Tesalónica, capital de la provincia romana de Macedonia, y, como de costumbre, entra en la sinagoga. Tesalónica era un importante centro político, económico, cultural y religioso. Durante tres sábados consecutivos, Pablo (junto a Silas y Timoteo), basándose en las Escrituras, anuncia a los presentes que «este Cristo es Jesús, a quien yo os anuncio». También allí la predicación de Pablo toca el corazón de algunos de los que escuchan. Y a ellos se les suman algunos griegos y mujeres de familias acomodadas. Por el contrario, hay otro grupo de judíos que, movido por la envidia del éxito que sigue teniendo Pablo, provoca una revuelta contra él que le obliga a huir hacia Berea con sus compañeros. Allí son recibidos por los judíos del lugar con un espíritu de gran apertura. Por desgracia la noticia llega a los de Tesalónica, que van hasta allí y también provocan desórdenes. Como se ve claramente, el inicio de la Iglesia en territorio europeo es una dolorosa cadena de amargas experiencias para Pablo. Este es nuevamente acusado de provocar desórdenes públicos y de rebelión contra el Estado. Es el camino de siempre de la Iglesia y de toda comunidad cristiana. Con todo, el Señor prometió que no dejaría nunca solos a los discípulos y que siempre les brindaría su ayuda. Estas páginas de los Hechos nos dicen que la vida cristiana es siempre una vida de lucha contra el mal. Y sabemos que el consuelo que da la amistad con el Señor permite superar toda dificultad y obstáculo.


19/10/2017
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