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IV Estación


 
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IV Estación
El hombre se vuelve niño

Pedro, entretanto, estaba sentado fuera en el patio; y una criada se acercó a él y le dijo: «También tú estabas con Jesús el Galileo.» Pero él lo negó delante de todos: «No sé qué dices.» Cuando salía al portal, le vio otra criada y dijo a los que estaban allí: «Éste estaba con Jesús el Nazoreo.» Y de nuevo lo negó con juramento: «¡Yo no conozco a ese hombre!» Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: «¡Ciertamente, tú también eres de ellos, pues además tu misma habla te descubre!» Entonces él se puso a echar imprecaciones y a jurar: «¡Yo no conozco a ese hombre!» Inmediatamente cantó un gallo. Y Pedro se acordó de aquello que le había dicho Jesús: «Antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces.» Y, saliendo fuera, lloró amargamente.
(Mt 26, 69-75)


dal film
"Il vangelo secondo Matteo"
di Pier Paolo Pasolini
Pietro nascosto tra la folla


Pedro estaba fuera, no veía a Jesús. Estaba en el patio del palacio del sumo sacerdote. Había dormido en el huerto de los olivos. Jesús le había dicho a él y a los demás: “¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo?” Pero se había dormido igualmente. Aquel sueño expresaba la poca importancia que dio a las palabras de Jesús. Pero después, tras el arresto, se había agitado y le había seguido de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote, para ver cómo terminaba. No le había abandonado del todo, porque, pese a todo, estaba muy unido a él: “Seguidme, y os haré pescadores de hombres” –les había dicho Jesús a él y a Andrés a orillas del mar de Galilea. Y Pedro le seguía, pero de lejos. No quería perderle de vista, pero tampoco quería que le confundieran con él. Es una elección a medias la de Pedro, el primero de muchos cristianos que hacen como él: seguir de lejos. Antes con el sueño y ahora con la distancia, escogió no mezclarse con él. Si embargo había un lazo; por esto “estaba sentado fuera en el patio”. Impresiona la diferencia. Se decide la muerte de Jesús, y Jesús calla. Pedro, sin embargo, habla, habla mucho, demasiado, sólo porque teme ser relacionado con él.

«También tú estabas con Jesús el Galileo» -dice una criada. «También tú estabas con Jesús el Galileo», dice otra sierva. Después los presentes le rodean: «¡Ciertamente, tú también eres de ellos, pues además tu misma habla te descubre!» Parece que sea imposible seguir de lejos, le quieren obligar a una decisión, pregonando a todos aquel lazo que Pedro quiere conservar sólo en el corazón. Entonces Pedro se enfurece, comienza a echar imprecaciones y jura: «¡Yo no conozco a ese hombre!». Tres veces repite esta frase para cortar definitivamente su lazo con Jesús. A estas alturas hasta seguirle de lejos era arriesgado. Pedro tiene miedo. Pero ésta es también la historia de nuestros miedos. Es la historia de ser demasiado diferentes, demasiado galileos, demasiado amigos de Jesús el galileo. Entonces, basta la voz de una criada para infundir terror, cuando dentro hay tanto miedo y tan poca confianza.

Si se tratase de una relación normal de amistad, si se tratase de la adhesión a un partido, a una fuerza política, a un grupo; la historia terminaría en aquel patio, con aquella traición. Pero no termina. Un gallo canta, y entonces el miedoso Pedro se acuerda de lo que Jesús le había dicho: «Esta misma noche, antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces». Pedro, que se conocía poco a sí mismo, que tenía poco en consideración su miedo y su debilidad, le había respondido con palabras fuertes y desafiantes: «Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré». Tras haberle negado, cuando ni siquiera le amenazaban de muerte, sino que tan sólo querían acorralarle, se acuerda de las palabras de Jesús.

Lo más hermoso, lo más verdadero, lo más humano que cada uno de nosotros puede encontrar es la palabra de Jesús. El Evangelio nos hace entrar en nosotros mismos y llorar amargamente de vergüenza por el miedo ante la cruz de Jesús y por el temor de ser confundidos con él. Quien lleva consigo la palabra de Jesús nunca será inhumano por completo: se acordará de ella. Aquella palabra despierta de la locura y de la embriaguez y nos hace reencontrarnos a nosotros mismos.

El recuerdo dilata el corazón, sofocado por el miedo y el sentimiento de haber traicionado. Así, Pedro se siente menos preocupado por la gente que le rodea y menos oprimido por su miedo. Sale fuera, al aire libre, ya no resiste más y llora amargamente. Ya no es el héroe, el fuerte, el hombre duro de la noche anterior. Pero tampoco es el hombre aterrorizado en medio del patio, el miedoso. Es él mismo, y llora con fuerza, por sí mismo, por Jesús, por aquella situación absurda e injusta, llora como un niño. Pedro se ha vuelto niño: “Dichosos los que lloran” –había dicho Jesús.



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